Regresé 14 días antes del trabajo y encontré a mi hijo de 8 años parado sobre una silla, cocinando para los hijos de otro hombre, con el brazo envuelto en cinta. Me miró aterrorizado y susurró: “Si la cena se tarda, duermo en la bodega”. No armé un escándalo. A la mañana siguiente encontré un viejo teléfono con 26 mensajes que jamás pudieron llegarme.

—Todavía estoy aprendiendo a no tener miedo.

No quiero abrazarte hoy, pero puedes conocer a Bruno.

No supe si algún día volverían a tener la relación que habían tenido antes.

Tampoco sabía si llegaría a perdonarla completamente.

Lo único que tenía claro era que Mateo no debía cargar con la obligación de hacerlo.

Un año después de aquella noche, nuestra vida era diferente.

La casa seguía siendo la misma, pero había cambiado casi todo lo que ocurría dentro.

Las mañanas empezaban con el olor del café y las quejas de Mateo porque tenía que levantarse para ir a la escuela.

Las tardes incluían tareas, partidos en el parque y cenas que preparábamos juntos.

A veces quemábamos las tortillas.

La primera vez que ocurrió, mi hijo se quedó inmóvil mirando el comal.

Después me miró.

—Papá… se quemaron.

Tomé una tortilla negra con las pinzas.

—Pues estas ya parecen carbón.

Tendremos que hacer otras.

Mateo soltó una carcajada.

Fue la primera vez que lo vi reír frente a una estufa desde mi regreso.

También reconstruimos juntos la vieja bodega del patio.

No quise derribarla sin hablar antes con él.

Una tarde le pregunté si prefería que contratara a alguien para quitarla.

Mateo la observó durante un rato.

—¿Podemos convertirla en mi taller de dinosaurios?

Lo hicimos.

Instalamos una ventana, pintamos las paredes de azul y colocamos repisas para sus figuras.

Mateo eligió una cerradura que podía abrir desde dentro.

El día que terminamos, se quedó parado en la puerta.

—Ahora sí me gusta este lugar, papá.

Le revolví el cabello.

—A mí también.

Sin embargo, había una cosa que nunca cambió.

Cada noche, antes de dormir, Mateo seguía escribiendo en el celular viejo.

Aquel teléfono continuaba sin tarjeta SIM.

Cuando le pregunté por qué lo usaba, respondió:

—Porque aquí puedo guardar lo que me pasa.

No quise quitárselo.

Le compré una funda nueva y dejé que lo conservara.

El día que cumplió un año desde mi regreso, lo encontré sentado en los escalones del patio.

Tenía el teléfono entre las manos.

—¿Qué escribes, campeón?

—Mi día 365.

Me senté a su lado.

—¿Todavía cuentas los días?

—Sí.

Pero ahora son diferentes.

Me mostró la pantalla.

Día 365.

Hoy papá llegó temprano por mí a la escuela.

Hicimos hamburguesas y quemamos 2 panes.

Me dio mucha risa.

Mi brazo ya casi no duele.

A veces sueño con Rogelio, pero ya no tanto.

Mamá me escribió y no me puse triste todo el día.

Me gusta mi taller.

Papá dice que puedo equivocarme.

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