PARTE 1
—¡Gracias, hermanita! ¡No puedo creer que me hayas comprado una casa de siete millones de pesos! —gritó mi hermana, abrazándome frente a toda la familia.
Yo acababa de cumplir treinta y tres años. Mi cumpleaños había pasado sin que ninguno de ellos me mandara siquiera un mensaje. Sin embargo, aquella mañana me habían invitado a desayunar porque, según mi madre, querían darme una sorpresa.
Y vaya que me la dieron.
Me llamo Mariana Hernández, soy directora de operaciones de una empresa de logística en Guadalajara y, hasta aquel domingo, todavía creía que existían límites que mi propia familia jamás se atrevería a cruzar.
Mi padre, Roberto Hernández, había perdido su negocio inmobiliario años atrás, aunque seguía comportándose como un empresario millonario. Mi madre, Patricia, defendía cada una de sus decisiones. Y mi hermana menor, Fernanda, de veintiocho años, se dedicaba a presumir una vida de lujos en redes sociales.
Para ellos, yo siempre había sido la hija aburrida que trabajaba demasiado y nunca sabía divertirse.
Pero también era la hija a la que acudían cuando necesitaban dinero.
Seis meses antes, mi abuelo Ernesto había fallecido dejándome una herencia de doce millones de pesos. No fue una decisión improvisada. Él conocía perfectamente los problemas financieros de mi padre y había insistido en que ese patrimonio quedara exclusivamente bajo mi control.
Lo que mi familia ignoraba era que tres días antes de mi cumpleaños descubrí movimientos sospechosos relacionados con la cuenta donde estaba depositada la herencia.
Por eso contacté a mi abogada, Gabriela.
A las 11:47 de la noche anterior al desayuno, terminamos de transferir los fondos a un fideicomiso que habíamos preparado con anticipación. También revocamos las autorizaciones antiguas que podían comprometer mi patrimonio.
Cuando llegué a casa de mis padres, en una zona residencial de Zapopan, encontré la mesa llena de comida preparada por un servicio de banquetes.
Fernanda corrió a abrazarme.
—¡Mi casa tiene alberca, vestidor enorme y una cocina preciosa! ¡Ya estoy planeando los videos que voy a grabar!
—¿De qué casa estás hablando? —pregunté.
Mi madre sonrió.
—Ay, hija, no arruines el momento. Tu hermana se enamoró de una residencia en un fraccionamiento privado. Cuesta siete millones, pero sabemos que tú puedes pagarla.
Entonces apareció mi padre.
Llevaba un traje impecable y esa sonrisa arrogante que utilizaba cuando creía tener todo bajo control.
—Ya resolví los trámites, Mariana. Utilicé el poder que tenía registrado en la cuenta de la herencia y solicité una transferencia de ochocientos mil pesos para el anticipo. También firmé el contrato de compraventa a tu nombre.
Lo miré sin poder creerlo.
—¿Firmaste por mí?
—Soy tu padre. No exageres. Tu hermana necesita una casa adecuada para empezar una familia.
Fernanda levantó su celular para enseñarme fotografías de la residencia.
—Además, tú ni siquiera tienes hijos. ¿Para qué quieres tanto dinero?
Mi madre asintió.
—Tu abuelo habría querido que compartieras tu fortuna.
En ese momento empecé a reírme.
No fue una risa nerviosa. Fue una carcajada tan fuerte que Fernanda dejó de hablar.
—¿Qué te parece tan gracioso? —exigió mi padre.
Me limpié una lágrima de risa.
—Que llegaron veinticuatro horas tarde.
Su sonrisa desapareció.
