PARTE 1
—Papá, por favor, esta noche finge que no me conoces. Y pase lo que pase, no te alejes de la mesa de bebidas.
Mi hija Sofía me lo pidió cuarenta minutos antes de su baile de graduación. Tenía diecisiete años, llevaba un vestido verde esmeralda y se estaba acomodando un pasador frente al espejo del pasillo.
Yo me reí.
—¿Tan vergonzoso soy?
—No es eso, papá. Solamente hazme caso.
Me llamo Héctor Salazar, tengo cuarenta y seis años y vivo en Zapopan, Jalisco. Pasé quince años en el Ejército Mexicano y, desde que dejé el servicio, trabajo como ajustador de seguros. Mi esposa, Laura, es enfermera de urgencias. Sofía es nuestra única hija.
Siempre pensé que sabía reconocer el peligro.
Aquella noche descubrí que había uno mucho peor que cualquier amenaza evidente: un hombre poderoso dispuesto a sacrificar la vida de una muchacha para proteger a su propio hijo.
Todo comenzó cuando el Colegio San Gabriel pidió voluntarios para supervisar el baile de graduación. Faltaban seis adultos y amenazaban con cancelar el evento.
Laura tenía turno nocturno, así que me ofrecí.
Sofía se opuso inmediatamente.
—Prométeme que no vas a hablar con mis compañeros.
-Prometido.
—Y nada de contar historias del Ejército.
—Está bien.
—Quédate junto a las bebidas. Como una planta.
Acepté, aunque me sorprendió verla tan nerviosa.
El director, Octavio Valdés, me recibió personalmente. Era un hombre elegante, de cincuenta y tantos años, famoso por sus contactos con empresarios y autoridades locales.
—Aquí cuidamos a nuestros muchachos como si fueran nuestros hijos —declaró mientras estrechaba mi mano.
Detrás de él había un reglamento enmarcado.
Una cláusula llamó mi atención.
Artículo 9.4: cualquier alumno que utilice o amenace con utilizar fuego, combustibles u objetos peligrosos contra otra persona será separado inmediatamente de las actividades escolares, sujeto al procedimiento disciplinario correspondiente, y el incidente deberá notificarse a las autoridades competentes. Sin privilegios ni excepciones.
Debajo aparecía la firma de Octavio.
—Disciplina pareja para todos —comentó orgullosamente.
En ese momento apareció su hijo Sebastián, de dieciocho años, capitán del equipo de futbol americano.
Venía acompañado de dos amigos que grababan todo con sus teléfonos.
—Es mi muchacho —dijo Octavio sonriendo—. Tiene miles de seguidores. Hace bromas para internet.
Sebastián dirigió la cámara hacia Sofía.
Mi hija bajó la mirada.
