Se cubrió la boca.
—La del día 14… cuando escribió que tenía miedo en la bodega…
No terminó la frase.
—Verónica, nuestro hijo te necesitaba.
No te estaba pidiendo dinero ni una casa.
Solamente quería que abrieras una puerta.
Comenzó a llorar.
—Sé que no puedo cambiarlo.
—No.
No puedes.
Me alejé antes de decir algo de lo que pudiera arrepentirme.
Durante los siguientes meses llegaron noticias sobre los procesos.
Rogelio terminó aceptando su responsabilidad mediante un procedimiento legal, después de que la Fiscalía reuniera elementos adicionales sobre la agresión.
Recibió una sentencia de prisión conforme a los delitos acreditados.
Sus 2 hijos quedaron bajo el cuidado de familiares, con intervención de las autoridades competentes.
El mayor envió una carta a Mateo por conducto de la persona que daba seguimiento a su situación.
Mi hijo no quiso abrirla.
La guardó durante varios días.
Finalmente me preguntó si podía leerla solo.
Le dije que sí.
Se encerró en su habitación durante media hora.
Cuando salió, traía los ojos rojos.
—Papá, dice que él fue quien escondió mis dinosaurios.
—¿Eso escribió?
—Dice que Rogelio los tiró después y que él tuvo miedo de decirme.
Mateo guardó silencio.
—También dice que siente mucho lo de mi brazo.
Me senté a su lado.
—¿Cómo te sientes?
—No sé.
A veces lo odio.
Pero él también le tenía miedo a su papá.
No encontré una respuesta sencilla.
—Puedes sentir las 2 cosas, campeón.
Mateo asintió.
Después me pidió que lo ayudara a armar un dinosaurio nuevo que Lucía le había regalado.
Lo hicimos juntos sobre la alfombra.
Respecto a Verónica, continuó con su tratamiento y tuvo que responder por sus propias decisiones.
Vendió su camioneta para cubrir parte de las deudas.
Mi abogada negoció con el banco una alternativa de pago que me permitió conservar la vivienda, aunque tuve que asumir obligaciones económicas importantes para evitar perderla.
No fue una solución mágica.
Pasé meses trabajando horas extra, reduciendo gastos y reorganizando nuestras finanzas.
Pero por lo menos sabía exactamente cuánto debía y a quién.
Verónica comenzó a escribir cartas a Mateo.
La primera llegó un jueves.
La dejé sobre la mesa.
—Es de tu mamá.
No tienes que leerla si no quieres.
Mateo la miró.
—¿Dice que tengo que volver con ella?
—No lo sé.
Podemos leerla juntos o guardarla.
La llevó a su habitación.
Durante 3 meses no abrió ninguna.
Una tarde apareció con un sobre en la mano.
—Papá, ¿puedes leer esta primero?
La carta hablaba de cosas sencillas.
Un árbol que Verónica veía desde la ventana del lugar donde recibía tratamiento.
Un libro que estaba leyendo.
Una receta de pan que quería aprender.
Al final decía que lamentaba no haberlo protegido y que nunca debió permitir que nadie lo lastimara.
Mateo escuchó en silencio.
Cuando terminé, preguntó:
—¿Mamá sabe que ya no tengo miedo de cocinar?
—No lo sé.
—Tal vez algún día le diga.
No insistí.
Con el tiempo, y después de las evaluaciones correspondientes, se autorizó un primer encuentro supervisado.
Mateo llevó un dinosaurio pequeño dentro de su mochila.
Antes de entrar me tomó de la mano.
—¿Y si no quiero abrazarla?
—No tienes que hacerlo.
—¿Y si quiero salir antes?
—Se lo dices a la persona que estará contigo.
Entró despacio.
Desde la sala de espera alcancé a verlo sentarse frente a su madre.
Verónica comenzó a llorar.
Mateo sacó su dinosaurio y lo colocó sobre la mesa.
Más tarde, la profesional encargada del encuentro me contó que mi hijo le había dicho:
