Creo que por fin le estoy creyendo.
Tuve que leerlo 2 veces.
Luego descubrí que había escrito una última línea.
Papá ya no está en el mar.
Ahora, cuando tengo miedo, puedo ir a su cuarto y siempre está ahí.
Sentí que las lágrimas me corrían por el rostro.
Mateo levantó la mirada.
—¿Estás llorando?
—Un poquito.
—¿Porque escribí algo malo?
Negué con la cabeza.
—Porque escribiste algo muy importante.
Pensó unos segundos.
Después me entregó el teléfono.
—Entonces tú también deberías escribir.
—¿Qué quieres que ponga?
—Lo que quieras decirme.
Abrí una nota nueva.
Mis dedos temblaban.
Escribí:
Día 1.
Hoy entendí que durante años trabajé para darte una casa, juguetes y una vida mejor.
Pero lo que más necesitabas era sentirte seguro.
No puedo cambiar los 26 días en los que pediste ayuda y nadie te escuchó.
Lo que sí puedo hacer es escucharte todos los días que vienen.
Te amo, Mateo.
Le devolví el celular.
Leyó lentamente.
Después sonrió.
—Te faltó algo, papá.
—¿Qué cosa?
Tomó el teléfono y escribió debajo de mi mensaje.
Ya no necesito escribir para que me encuentres.
Lo miré sin comprender.
Entonces levantó los brazos y me abrazó.
—Porque ahora sé dónde estás.
Nos quedamos sentados frente al pequeño taller azul hasta que comenzó a oscurecer.
Esa noche comprendí que mi hijo no necesitaba un padre capaz de arreglarlo todo.
Necesitaba uno que estuviera dispuesto a escucharlo, incluso cuando no sabía qué decir.
Y aunque todavía nos quedaba mucho por sanar, había una diferencia enorme entre aquella primera noche y ese momento.
La primera vez que regresé a casa, Mateo me miró con miedo y me pidió que no me enojara.
365 días después, cuando entramos juntos a la cocina, me tomó de la mano y preguntó:
—Papá, ¿mañana podemos volver a hacer hotcakes?
—Claro, campeón.
—¿Aunque se me quemen?
Lo abracé.
—Aunque se nos quemen todos.
Y esta vez, mi hijo no pidió perdón.
Simplemente se echó a reír.
