PARTE 1
—¿Qué haces aquí, Ana? Marcos te dijo que hoy no vinieras. Esta cena es para la mujer que va a darle un hijo.
Esas fueron las palabras con las que mi suegra me recibió en Nochebuena, mientras yo sostenía una enorme charola de bacalao que había pasado casi cuatro horas preparando.
Durante quince años creí que tenía un matrimonio estable. Aquella noche descubrí que mi esposo no solamente me engañaba, sino que toda su familia había participado en una mentira que estaba a punto de destruirme.
Me llamo Ana Martínez, tengo 42 años y vivo en Querétaro. Mi esposo, Marcos Hernández, y yo llevábamos quince años casados. No teníamos hijos, pero habíamos construido una vida que yo consideraba tranquila.
O al menos eso pensaba.
Trabajaba como gerente administrativa en una empresa de logística. Ganaba bien, tenía una casa preciosa en una zona residencial de Juriquilla y había conseguido ahorrar lo suficiente para vivir sin demasiadas preocupaciones.
Marcos trabajaba por su cuenta, aunque sus negocios nunca parecían prosperar. Durante años asumí la mayoría de nuestros gastos porque creía que un matrimonio significaba apoyarse mutuamente.
Aquella Nochebuena, Marcos me había dicho que tenía una reunión urgente con unos clientes y que llegaría directamente a casa de sus padres.
—Tú adelántate, amor. Yo te alcanzo allá —me aseguró.
Pero cuando terminé de cocinar y le marqué, no respondió.
Llegué a casa de mis suegros alrededor de las nueve.
Había varios automóviles estacionados afuera. Desde la entrada escuché música navideña y carcajadas.
Empujé la puerta, que estaba entreabierta.
—¡Feliz Navidad, familia!
Las conversaciones se interrumpieron.
Mi suegro, Roberto, bajó inmediatamente la mirada. Mi cuñada Patricia fingió revisar su celular.
Y mi suegra, Teresa, se quedó inmóvil junto al árbol de Navidad.
Entonces vi a Marcos.
Estaba sentado en el sofá, abrazando a una mujer joven, muy arreglada, con un vestido rojo ajustado sobre un vientre visiblemente embarazado.
La mano de mi esposo descansaba sobre aquella barriga.
Durante unos segundos pensé que estaba confundiendo las cosas.
—Marcos… ¿quién es ella?
Él se levantó lentamente.
Ana, por favor, cálmate.
La mujer soltó una risita.
—Así que tú eres la famosa esposa.
