PARTE 1
—¡Lárgate con tus tres hijas! Mi mamá necesita descansar y yo tengo que levantarme temprano para trabajar.
Arturo pronunció aquellas palabras en la cocina, mientras yo sostenía a una de nuestras recién nacidas y las otras dos lloraban en sus portabebés. Once días antes había estado a punto de morir desangrada durante el parto. Todavía llevaba puntos de la cesárea, me mareaba si permanecía demasiado tiempo de pie y apenas podía caminar sin sujetarme el vientre.
Me llamo Mariana Hernández, tenía treinta y dos años y acababa de dar a luz a trillizas: Julia, Valeria y Sofía. Habían nacido prematuras en un hospital de Guadalajara. El médico me había advertido que necesitaba reposo, ayuda constante y revisiones para las niñas. Arturo había ido a verme cuatro veces durante la hospitalización. Su madre, doña Ofelia, ninguna.
Sin embargo, cuando llegamos a nuestro departamento, la encontré instalada en la habitación que habíamos preparado para las bebés. Su cama matrimonial ocupaba el espacio de las cunas. Las tres cajas seguían cerradas en el pasillo.
—Me vine a cuidar a mi hijo —explicó, acomodándose una bata color vino—. Tuvo que comer solo mientras tú estabas en el hospital. Con estos gritos me va a subir la presión.
