PARTE 1
—¡Mi esposo me juró que su madre estaba muerta! —exclamé, temblando, mientras sostenía una fotografía de él cuando era niño.
La mujer millonaria para la que había ido a limpiar se quedó completamente pálida. Después me miró con los ojos llenos de lágrimas y pronunció unas palabras que jamás olvidaré:
—Entonces mi hijo lleva ocho años enterrándome en vida.
Me llamo Daniela Hernández, tengo 29 años y vivo en Guadalajara, Jalisco. Hasta aquel martes, creía conocer al hombre con quien llevaba cuatro años casada. Iván era operador de tráiler, pasaba semanas viajando por las carreteras del país y siempre regresaba con una sonrisa, un ramo de flores y alguna explicación sobre por qué otra vez nos habíamos quedado sin dinero.
Vivíamos en un departamento rentado en Tlaquepaque. Aunque él supuestamente ganaba bien, apenas alcanzábamos para pagar la renta, la luz y la despensa. Siempre había una multa inesperada, una reparación del camión o un préstamo que necesitaba liquidar.
Iván me había convencido de dejar mi trabajo como mesera.
—No quiero que otros hombres anden detrás de mi esposa. Yo puedo mantenerte —decía.
Pero terminé aceptando trabajos de limpieza mediante una aplicación porque, de otro modo, no teníamos ni para completar el súper.
Así llegué a una residencia enorme en una zona exclusiva de Zapopan.
La propietaria, doña Rebeca Montes, era una mujer elegante de 63 años. Me recibió amablemente, me explicó qué habitaciones necesitaban limpieza y me dijo que tendría que salir unas horas.
—No te preocupes por nada, hija. Aquí lo único verdaderamente valioso son mis recuerdos.
Comencé por la sala. Había muebles antiguos, fotografías familiares y una preciosa caja de madera tallada sobre una repisa de cristal.
Cuando intenté quitarle el polvo, la caja resbaló.
Cayó al piso con un golpe seco.
La tapa se desprendió y varias fotografías quedaron esparcidas sobre la duela. Sentí que el corazón se me detenía. Seguramente aquella antigüedad costaba más de lo que yo ganaba en varios meses.
Me arrodillé para recoger las fotografías, pero al mirar la primera quedé paralizada.
Era Iván.
Tenía unos siete años, una sonrisa traviesa y una pequeña cicatriz debajo de la barbilla.
En otra fotografía aparecía adolescente, abrazando a una mujer mucho más joven.
Era doña Rebeca.
Justo entonces, ella regresó porque había olvidado una carpeta.
Al verme llorando frente a la caja rota, se acercó preocupada. Le mostré las fotografías y le pregunté por qué tenía imágenes de mi esposo.
—Porque Iván es mi único hijo —respondió.
Le expliqué que él me había contado que era huérfano desde los diecinueve años.
Doña Rebeca se sentó lentamente.
Me confesó que era dueña de una cadena de panaderías, que había criado sola a Iván y que lo había consentido demasiado. De joven, él comenzó a apostar, acumuló deudas enormes y finalmente falsificó su firma para conseguir un préstamo utilizando documentos de la empresa.
Ella consiguió evitar la ruina, pero lo echó de casa hasta que aceptara ayuda.
—Le dije que podía volver cuando estuviera dispuesto a cambiar. Han pasado ocho años y nunca regresó.
Me pidió que no le dijera nada todavía. Necesitaba pensar cómo enfrentarlo.
Terminé la limpieza con las manos temblorosas.
Aquella noche, Iván regresó inesperadamente de uno de sus supuestos viajes. Traía flores, comida y una botella de vino. Después de cenar, se quedó profundamente dormido.
