Parte 1
A las 10 de la noche regresé a casa 14 días antes de lo previsto y encontré a mi hijo de 8 años parado sobre una silla, preparando la cena para los hijos de un desconocido.
Tenía el antebrazo envuelto en cinta gris y apenas podía sostener la cuchara.
Cuando me vio, no corrió a abrazarme.
Miró hacia la sala, tembló y susurró:
—Papá, por favor, no te enojes.
Si no termino la cena, Rogelio me va a mandar otra vez a dormir a la bodega.
Me llamo Gabriel Salinas, tengo 39 años y trabajo como técnico de mantenimiento en una plataforma petrolera del golfo de México.
Mi contrato era de 28 días embarcado y 28 días en tierra.
No era una vida fácil, pero el sueldo nos permitió comprar una casa en las afueras de Ciudad del Carmen, Campeche, y darle a mi hijo Mateo las oportunidades que yo nunca tuve.
Mateo era mi mundo.
Tenía 8 años, una sonrisa chueca y una colección de dinosaurios que acomodaba por tamaño sobre su escritorio.
Era tímido con los desconocidos, pero conmigo hablaba hasta quedarse dormido.
Cada noche, a las 7, hacíamos una videollamada.
O eso hacíamos antes.
Durante las últimas 3 semanas, mi esposa Verónica comenzó a inventar excusas.
—Mateo está haciendo la tarea.
—Ya se durmió.
—Está castigado por portarse mal en la escuela.
Una noche le pedí que me pasara el teléfono.
—Gabriel, estoy cansada.
No puedo estar pendiente de tus llamadas todo el día.
Algo me molestó en su respuesta, pero estaba a cientos de kilómetros, rodeado de maquinaria y mar.
El 14 de agosto, una falla de seguridad obligó a suspender temporalmente las operaciones de nuestra plataforma.
Nos trasladaron a tierra 2 semanas antes de lo programado.
No le avisé a Verónica.
Quería sorprender a Mateo.
Incluso compré un dinosaurio de juguete en una tienda antes de tomar la carretera.
Llegué a las 9:57 de la noche.
Había una camioneta negra estacionada frente al portón.
No la conocía.
La puerta principal estaba sin seguro.
Entré y escuché la televisión a todo volumen.
En mi sofá había 2 niños de aproximadamente 10 y 12 años, comiendo papas y dejando migajas sobre los cojines.
En mi sillón favorito dormía un hombre corpulento, descalzo, con una cerveza abierta junto a la mano.
Y en la cocina estaba Mateo.
Parado sobre una silla de plástico, revolvía una olla mientras intentaba alcanzar los controles de la estufa.
—Mateo.
