Yo lo abracé hasta que pudo respirar tranquilo.
Aquella noche llamé a mi supervisor.
Le expliqué que necesitaba dejar las plataformas.
Había trabajado durante 12 años en ese sector.
Renunciar a los turnos embarcados significaba perder una parte importante de mis ingresos.
Mi supervisor me ofreció un puesto de mantenimiento en una instalación terrestre.
El salario era menor, pero podría regresar a casa cada tarde.
Acepté.
Por primera vez en años, dejé de medir mi vida en periodos de 28 días.
Comencé a medirla en desayunos, tareas escolares y partidos de futbol.
Mientras tanto, mi relación con Verónica llegó a un punto irreversible.
La vi nuevamente durante una audiencia familiar.
Llevaba el cabello recogido, un saco gris y una expresión que apenas reconocí.
Cuando el juzgado examinó los informes médicos, las notas del teléfono y los antecedentes de los hechos, Verónica permaneció mirando la mesa.
Después reconoció que había dejado a Mateo bajo el cuidado de Rogelio y que sabía que lo castigaba.
Admitió también que había ocultado las deudas.
Sin embargo, aseguró que no había presenciado la agresión que provocó la quemadura.
Su abogada explicó que había iniciado atención psicológica y tratamiento por sus problemas con el juego.
El juzgado mantuvo provisionalmente a Mateo bajo mi cuidado y estableció restricciones y condiciones para cualquier contacto con su madre, mientras continuaban las evaluaciones.
Al salir, Verónica me alcanzó en el pasillo.
—Gabriel, necesito hablar contigo.
—Todo lo relacionado con Mateo será por medio de los abogados.
—No quiero discutir.
Se le quebró la voz.
—Leí algunas de sus notas.
La miré.
—¿Cuándo?
—Después de que te fuiste con él.
Mi abogada me mostró copias.
