¿Por qué Rogelio había comenzado a tratar a Mateo con semejante crueldad?
La respuesta llegó durante la entrevista especializada de mi hijo.
Mateo contó que Rogelio se había mudado prácticamente a nuestra casa 6 semanas antes.
Al principio llevaba dulces y dejaba que sus hijos jugaran con los dinosaurios.
Después comenzaron los castigos.
Le ordenaban lavar platos, barrer, cocinar y cuidar a los otros niños mientras Verónica salía por las noches.
Si protestaba, Rogelio amenazaba con encerrarlo en la bodega.
Una tarde, Mateo escuchó una discusión.
Su madre lloraba porque no sabía cómo pagar al banco.
Rogelio gritó que cuando yo regresara todo se resolvería.
Entonces dijo algo que mi hijo recordó perfectamente.
—Si Gabriel no firma, se acaba la casa, el dinero y todo.
Mateo preguntó qué significaba aquello.
Rogelio se enfureció y le ordenó que no se metiera en asuntos de adultos.
La agresión con la olla ocurrió días después.
El investigador también recibió información de que Verónica conocía varios de los castigos y no había intervenido para proteger al niño.
Cuando Adriana me contó lo que se había documentado, sentí una rabia que casi me dejó sin voz.
—¿Y ella simplemente lo permitió?
—Eso es lo que debe determinarse con las pruebas, Gabriel.
Pero ya hay elementos suficientes para seguir adelante con las medidas de protección.
Durante las siguientes semanas, las autoridades continuaron reuniendo testimonios y registros.
Rogelio fue localizado y compareció ante las autoridades.
Posteriormente, el Ministerio Público llevó el caso ante un juez de control, donde se discutieron las pruebas y las medidas cautelares correspondientes.
La investigación no concluyó de inmediato.
Tampoco desaparecieron de un día para otro las pesadillas de Mateo.
A veces despertaba llorando porque soñaba que estaba encerrado.
Otras veces escondía comida debajo de la almohada.
Una mañana encontré 3 piezas de pan envueltas en una servilleta dentro de su mochila.
—¿Para qué guardaste esto?
Bajó la mirada.
—Por si un día no alcanzo a cocinar.
Tuve que sentarme a su lado.
Le expliqué que en nuestra casa siempre habría comida y que nunca volvería a ser castigado por tener hambre.
No me creyó inmediatamente.
Durante varias semanas dejé fruta, pan y leche a su alcance.
Poco a poco dejó de esconder alimentos.
Pero lo que más me preocupaba era su miedo a cometer errores.
Si derramaba agua, pedía perdón.
Si rompía una hoja, pedía perdón.
Si tardaba demasiado en amarrarse los zapatos, también pedía perdón.
Una tarde derramó accidentalmente un vaso de jugo sobre mi computadora.
Se puso blanco.
—Papá, fue sin querer.
—No pasa nada, campeón.
Busqué una toalla.
Cuando regresé, estaba arrodillado junto a la mesa.
Tenía las manos sobre la cabeza.
—Mateo, ¿qué haces?
—Estoy esperando el castigo.
Me arrodillé frente a él.
—Aquí nadie castiga con golpes.
—¿Ni cuando hacemos algo muy malo?
—Ni siquiera entonces.
Lloró durante casi 10 minutos.
