—Y hay una última condición que no voy a negociar mientras esa propiedad esté bajo mi responsabilidad.
—¿Cuál?
—El nogal se queda.
Su expresión cambió.
—¿Todavía sigues con lo del árbol?
—Ese árbol lo plantó papá el día que nací. Querías cortarlo para construir el garaje de un vehículo que todavía ni siquiera puedes comprar.
Mi padre levantó la cabeza.
—El nogal no se toca —dijo.
Óscar apretó la mandíbula.
Durante varios segundos nadie habló.
Después miró a Claudia y a sus hijos, que esperaban sentados al otro extremo del pasillo.
Por primera vez pareció comprender lo que estaba arriesgando.
No era solamente una propiedad.
Era la estabilidad de sus propios hijos.
—Está bien —murmuró finalmente—. Acepto.
Regresamos a la audiencia.
El juez dejó asentada nuestra voluntad de llegar a un acuerdo y se preparó el convenio con la asesoría de los abogados. Óscar aceptó formalizar la entrega de su participación ante notario y yo me comprometí a cancelar íntegramente la deuda una vez cumplida esa obligación.
Después de revisar los términos, ratificamos el convenio ante el juzgado.
La resolución dejó establecido cómo se daría cumplimiento al acuerdo.
Al salir, Óscar caminó delante de nosotros sin despedirse.
Mi madre se marchó con Diego.
Claudia apenas alcanzó a decirme:
—Gracias por no obligarnos a buscar dónde dormir esta misma noche.
Yo le respondí:
—Tus hijos no son responsables de las decisiones de su papá.
Mi padre y yo nos quedamos solos frente al edificio.
—¿Te arrepientes? —me preguntó.
Miré mis manos.
—Me duele, papá. Muchísimo. Pero no me arrepiento de poner un límite.
Él asintió.
—Cuando planté aquel nogal pensé que crecería para darte sombra. Y mira nada más… llevas veinte años dándonos sombra a todos nosotros.
No pude contener las lágrimas.
