“Que tu hija coma con el perro”, se burló mi hermana mientras mi madre sonreía frente a toda la familia. Me fui con la comida que yo había pagado, pero una anciana me alcanzó en la calle y susurró: “Hay algo que nunca te dijeron sobre tu madre”…
—¡Los muertos de hambre no tienen lugar en esta mesa! Que tu hija coma junto al perro, porque seguramente en tu casa está acostumbrada.
Mi hermana menor, Fernanda, pronunció aquellas palabras frente a treinta invitados mientras colocaba el plato de mi hija de ocho años en el suelo, justo al lado del recipiente donde comía su pequeño perro.
Lo peor no fue escucharla.
Lo peor fue ver a mi madre reírse.
Me llamo Mariana, tengo treinta y cuatro años y soy madre soltera. Trabajo en una panadería de Puebla y, por las noches, preparo pasteles por encargo para completar los gastos de mi hija, Sofía.
Nunca hemos tenido lujos, pero jamás nos ha faltado comida ni cariño.
Aquella tarde celebrábamos los sesenta años de mi madre, Patricia.
Durante tres días preparé prácticamente todo el banquete.
El jueves salí del trabajo y fui directamente al mercado. Compré carne para preparar barbacoa, ingredientes para el mole poblano, verduras, quesos y todo lo necesario para las entradas.
El viernes cociné hasta pasada la medianoche.
Y el sábado, desde las cinco de la mañana, terminé un pastel de tres pisos con flores de crema y un letrero que decía: “Felices 60, mamá”.
Gasté casi seis mil pesos.
Era prácticamente la mitad de lo que ganaba en un mes.
Pero quería verla feliz.
Mi madre me había llamado una semana antes.
—Mariana, tú te encargas de la comida, ¿verdad? Fernanda está muy ocupada con sus hijos y sus compromisos.
Como siempre, acepté.
Fernanda llegó a la fiesta con un vestido dorado, zapatos nuevos y una bolsa que probablemente costaba más que mi refrigerador.
Venía acompañada de su esposo, Ricardo, sus dos hijos y un pomerania blanco llamado Coco.
Mientras ella recibía los cumplidos, yo seguía entrando y saliendo de la cocina.
—¡Qué banquete tan hermoso, Patricia! —exclamó una vecina—. ¿Tú preparaste todo?
Mi madre sonrió.
—Ay, fue algo sencillo. Ya saben que me gusta consentir a mis invitados.
Ni siquiera mencionó mi nombre.
Sofía, en cambio, estaba orgullosísima.
Había pasado la mañana ayudándome a acomodar servilletas y cubiertos. También preparó una tarjeta con flores dibujadas y unas palabras escritas cuidadosamente:
“Abuelita, te quiero mucho. Gracias por ser mi familia”.
La dejó junto al plato de Patricia.
Cuando llegó el momento de sentarnos, Fernanda comenzó a repartir los lugares.
—Ricardo, tú aquí. Mamá, en la cabecera. Mis niños conmigo. Tío Arturo, junto a la ventana.