Mi madre testificó contra mí porque creyó cada mentira de mi hermana. “Él robó nuestro dinero”, declaró ante todos, y terminé pasando 18 meses en prisión sin recibir ninguna visita familiar. Mientras yo estaba encerrado, mi hermana ocupó mi puesto y recibió todos los elogios. Al salir, no fui a buscar a mi madre para pedirle explicaciones. Fui directamente a la celebración donde pensaban premiar a mi hermana.
—¡Llévenselo! ¡Ese ladrón ya no es mi hijo! —gritó mi madre mientras dos policías me ponían las esposas frente a toda mi familia.
Mi hermana Fernanda estaba detrás de ella, llorando desconsoladamente. Mi madre la abrazaba como si fuera la víctima de una tragedia, mientras yo, Daniel Morales, veía cómo destruían mi vida por un delito que jamás cometí.
Lo peor no fueron las esposas. Fue descubrir que mi propia madre había llamado a la policía antes de preguntarme qué había sucedido.
Tenía treinta años y llevaba siete dedicados a salvar Transportes Morales, la empresa de carga que mi padre había fundado en Guadalajara.
Cuando él murió de un infarto, nos dejó dieciocho camiones, un almacén en El Salto y deudas que amenazaban con acabar con todo. Yo tenía veintitrés años y acababa de terminar la universidad.
Mientras mis amigos empezaban sus carreras, yo dormía algunas noches sobre un sofá de la oficina, negociaba con proveedores y buscaba contratos para pagarles a nuestros choferes.
Conseguí rutas nuevas hacia Querétaro y la Ciudad de México. Renegocié créditos, modernicé los sistemas administrativos y convertí aquella empresa casi quebrada en un negocio rentable.
Pero jamás fui el orgullo de mi madre.
Ese lugar estaba reservado para Fernanda.
Mi hermana tenía veinticinco años, un puesto de vicepresidenta que nunca se había ganado y una tarjeta empresarial que utilizaba como si fuera su cartera personal.
Compraba bolsas carísimas, viajaba a hoteles exclusivos y organizaba fiestas cuyos gastos terminaban apareciendo en nuestra contabilidad.
—Tu hermana es joven, Daniel. Déjala disfrutar —me repetía mi madre, Beatriz—. No seas tan envidioso. Tú siempre has sido bueno para trabajar; ella tiene talento para relacionarse con la gente.
Yo soportaba aquellas comparaciones porque creía que mantener unida a nuestra familia era otra forma de honrar a papá.
Hasta que desaparecieron cuatro millones seiscientos mil pesos.
Todo comenzó un martes lluvioso.
Regresé a la casa familiar después de revisar unos problemas con las unidades de reparto. Mi madre estaba en la sala, junto a Fernanda y nuestro abogado empresarial.
Sobre la mesa había estados de cuenta, transferencias bancarias y documentos con mi firma.
—Explícame por qué mandaste este dinero a una empresa fantasma —exigió mi madre.
Me quedé helado.
—Yo nunca autoricé esas operaciones.
Fernanda comenzó a sollozar.
—Daniel, por favor, deja de mentir. Encontré los movimientos cuando revisaba las cuentas. ¿Cómo pudiste robarnos después de todo lo que mamá hizo por ti?
Pedí mi computadora para revisar los registros originales, pero mi madre me cerró el paso.
—No vas a borrar ninguna prueba.
Entonces aparecieron los policías.
Traían una orden judicial para revisar mi oficina y el departamento donde vivía, sobre el garaje de la propiedad familiar.