Se acercó lentamente.
—Nuestra hija nos entregó sus ahorros cuando levantamos esta casa. Gracias a ella terminamos el techo, las ventanas y el segundo piso. Y durante años le hemos seguido pidiendo dinero mientras nuestros hijos viven aquí sin hacerse responsables.
Mi madre intentó interrumpirlo.
—José…
—No. Déjame terminar. Yo cometí el error de regalarle mi parte a Óscar porque me convenciste de que lo necesitaba. Pero también soy responsable de no haberle puesto un alto cuando comenzó a endeudarse.
Miró a mis hermanos.
—Tienen más de treinta años. Los tres. Su hermana no nació para mantenerlos.
Nadie contestó.
Mi padre tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Elena, perdóname por haberme quedado callado.
Sentí un nudo enorme en la garganta.
Durante años había querido escuchar aquellas palabras.
Pero nunca imaginé que llegarían en el pasillo de un juzgado.
Lo abracé.
—Todavía podemos arreglar algunas cosas, papá.
Después me dirigí a mis hermanos.
—Voy a decirles cómo será la vida en esa casa si Óscar acepta el convenio.
Los tres me miraron desconcertados.
—Primero: papá y mamá tendrán garantizado legalmente su derecho a vivir allí mientras vivan. Nadie podrá sacarlos, ni siquiera yo. Lo formalizaremos ante notario.
Mi padre se cubrió el rostro.
—Segundo: Óscar, Claudia y los niños podrán permanecer inicialmente en el segundo piso. Pero deberán pagar diez mil pesos mensuales de renta y sus propios servicios. Firmaremos un contrato. Si no pueden costearlo, tendrán seis meses para organizar su mudanza.
—¿Cobrarme renta? —exclamó Óscar—. ¿A mí?
—Llevas trece años viviendo ahí sin pagarla. No pretenderás que también te mantenga hasta que cumplas sesenta.
Claudia bajó la cabeza.
—Yo estoy de acuerdo —dijo suavemente—. Hace años que le pido que consigamos nuestra propia casa.
Óscar la miró como si acabara de traicionarlo.
Continué.
—Héctor, podrás quedarte temporalmente en el cuarto del patio, pero empezarás a pagar los servicios que consumes y contribuirás a los gastos de mantenimiento. Si después decides irte, nadie te detendrá.
Mi hermano asintió sin discutir.
—Diego, tienes un mes para conseguir un empleo que te permita cubrir tus gastos. Si tus transmisiones producen ingresos suficientes, perfecto. Si no, tendrás que trabajar en otra cosa.
—Pero mis seguidores…
—Tus seguidores no pagan la electricidad que consume tu computadora ni la comida que mamá te lleva todos los días.
Diego se quedó callado.
Finalmente miré a Óscar.
