Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

  • PARTE 1
  • —Si de verdad quieres salvar nuestro matrimonio, entrégame tu celular y olvídate de tu familia durante un mes —me dijo mi esposo mientras conducía hacia un pueblo donde ni siquiera había señal.
  • Lo miré desconcertada.
  • —Arturo, ¿no crees que estás exagerando? Mi papá tiene una empresa que atender y yo soy la contadora general.
  • —Precisamente por eso estamos aquí, Mariana. Llevamos siete años casados y últimamente parece que tu verdadero marido es esa computadora.
  • No supe qué responder.
  • Vivíamos en Veracruz. Mi padre, don Ernesto, era dueño de una empresa de transporte y almacenamiento que había levantado desde cero. Yo administraba las finanzas y Arturo ocupaba el puesto de subdirector.
  • Cuando mi esposo propuso pasar nuestro aniversario en una cabaña cerca del río Papaloapan, pensé que quería recuperar nuestra relación.
  • —Ya hablé con tu papá —aseguró—. Todo está arreglado.
  • Me pidió que apagara mi teléfono y lo guardara en la guantera junto al suyo.
  • —Nada de trabajo, llamadas ni preocupaciones. Solamente nosotros dos.
  • Acepté.
  • Después de casi tres horas, llegamos a una pequeña comunidad llamada La Esperanza.
  • Cuando vi la casa, sentí que me habían engañado.
  • Era una construcción vieja, con paredes despintadas, ventanas de madera y un techo de lámina que parecía necesitar reparaciones urgentes.
  • —¿Aquí vamos a vivir un mes?
  • —¡No seas exagerada! Tiene su encanto.
  • Por dentro había muebles antiguos, manteles bordados y una cocina pequeña. Sin embargo, el pozo casi no tenía agua y el tanque de gas estaba a punto de vaciarse.
  • Arturo se burló de mis quejas.
  • —La señorita de ciudad no sabe vivir sin comodidades.
  • A pesar de todo, aquella primera noche cenamos tortillas con frijoles, jugamos cartas y nos reímos como cuando éramos novios.
  • Por primera vez en meses, pensé que quizá nuestro matrimonio todavía tenía esperanza.
  • Hasta que, a las cinco de la mañana, sonó un teléfono.
  • Arturo se levantó sobresaltado y sacó de su chamarra un aparato que nunca había visto.
  • —¿Qué es eso? —pregunté.
  • —Un teléfono satelital. Me necesitan urgentemente en la empresa.
  • —¿No habíamos quedado en desconectarnos?
  • —Tú puedes hacerlo. Yo soy el subdirector.
  • Se vistió rápidamente.
  • —Regreso el viernes, preciosa.
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