Hubo un silencio largo.
—Mi mamá me hizo creer que obedecerla era quererla. Yo permití que te sacara de nuestra casa. Permití que te dejara sola con las niñas. Y cuando supe que tu empresa prosperaba, acepté otra vez lo que me ordenó. No tengo excusa.
—Entonces deja de buscar excusas y haz algo diferente.
Tres semanas después, Arturo retiró su petición de cambiar la residencia de las niñas. Ante la jueza reconoció que ellas habían crecido conmigo por decisión de él mismo, y admitió haber facilitado a Ofelia el acceso a mi cuenta sin autorización mía. También entregó información que permitió continuar las investigaciones financieras.
No le impedí ver a sus hijas. Acordamos visitas supervisadas al principio, con posibilidad de ampliarlas si demostraba constancia y las niñas se sentían cómodas. El primer sábado llegó con una bolsa de regalos. Al siguiente llevó unos cuentos. Después aprendió a llegar sin nada, a escuchar a Julia, a mirar los dibujos de Sofía y a hablar de frente con Valeria.
En otro procedimiento se revisaron sus ingresos reales y los adeudos de pensión. Arturo vendió su automóvil para cubrir una parte importante y aceptó un calendario para pagar el resto. La aportación que yo había hecho al departamento con la venta del inmueble heredado quedó documentada y se resolvió la compensación correspondiente. No recuperé los cinco años perdidos, pero dejé de escuchar que todo lo que yo había aportado era «de la familia» mientras mis hijas apenas recibían migajas.
El caso de Víctor se derrumbó cuando el peritaje confirmó la antigüedad de mis diseños y las inconsistencias en las fechas de sus supuestos originales. Su empresa desistió de la reclamación; la investigación por el acceso a mis archivos siguió su curso. No hubo un aplauso en la sala ni una escena triunfal. Mi padre simplemente tomó mi mano, y sentí que podía respirar como no lo había hecho desde la pérdida de su taller.
