Ofelia se recuperó, pero tuvo que vender algunos bienes por sus deudas. Nunca volvió a pedirme perdón. Tampoco lo esperaba. Arturo fue a verla algunas veces y empezó, por primera vez, a regresar de esas visitas sin convertir sus órdenes en decisiones sobre nuestras hijas.
Una tarde de diciembre, con olor a madera recién pulida y a ponche de frutas, mi hija Sofía apareció en el taller sosteniendo un dibujo.
—Mamá, hice nuestra familia.
En el papel estaban mis padres, mis tres niñas, yo, Arturo a un costado y Gabriel, el encargado de logística que se había convertido en un amigo entrañable, junto a su hijo Mateo. Nadie tenía el mismo tamaño. Valeria aparecía con sus procesadores dibujados como dos florecitas. Arriba había un letrero enorme: «Hernández e hijas».
—¿Por qué dibujaste a tanta gente? —le pregunté.
—Porque una familia es la gente que viene y se queda, mamá. No la que solo dice que es familia.
Esa noche cerré el taller y observé las ventanas iluminadas de nuestra casa. Mi padre estaba enseñando a Julia a lijar una pequeña caja. Mi madre ayudaba a Sofía a guardar sus colores. Valeria, sentada en la mesa, leyó en voz alta las palabras de un cuento y se rió al escuchar su propia voz.
Cinco años atrás alguien había dicho que tres niñas llorando eran un estorbo. Hoy aquellas mismas niñas llenaban nuestra casa de ruido, preguntas, dibujos y canciones.
Me habían quitado un lugar en un departamento. Pero no consiguieron quitarnos el hogar que aprendimos a construir.
