Tres días antes de la visita de trabajo social para revisar las condiciones de las niñas, mi padre sufrió una crisis de presión en el taller. Lo llevé al hospital sin siquiera cambiarme la ropa llena de aserrín. Cuando llamaron a la puerta de casa, yo seguía en urgencias.
Mi madre atendió a las trabajadoras sociales. Les mostró las habitaciones, el calendario de terapias, los comprobantes del colegio y los documentos que acreditaban que los propietarios de la vivienda nos permitían residir ahí de manera estable. Después las niñas hablaron con ellas por separado.
—Mi papá es amable —explicó Sofía—, pero apenas está aprendiendo nuestros nombres.
Julia enseñó una maqueta que había construido con su abuelo. Valeria tomó un libro, leyó un cuento lentamente y explicó cómo funcionaban sus implantes. La trabajadora social le preguntó con quién se sentía segura.
—Con mi mamá, mis hermanas, mis abuelos. Aquí todos saben cómo hablarme —contestó.
El informe posterior confirmó que estaban cuidadas, acompañadas y profundamente arraigadas a su hogar. Cuando lo leí, lloré, pero no de victoria. Me dolía que tres niñas hubieran tenido que explicar ante desconocidos por qué querían quedarse donde siempre las habían amado.
Mientras tanto, llegó otra demanda. La empresa de Víctor aseguraba que el diseño de mis recámaras transformables le pertenecía y reclamaba una indemnización millonaria. Adjuntaron dibujos casi idénticos a los míos, con fechas supuestamente anteriores.
Claudia examinó las láminas una por una. De pronto señaló una esquina.
—Mira este código.
Era el identificador que mi propio programa añadía cuando subía archivos a la nube. Lo habían copiado junto con el plano, sin saber qué significaba. Mis respaldos originales, los registros de acceso y un dictamen técnico podían demostrar de dónde habían salido aquellos dibujos. Presentamos las pruebas, solicitamos información a la plataforma y denunciamos el posible acceso indebido.
En la audiencia sobre las niñas, Ofelia entró del brazo de Arturo, vestida de negro y con una expresión de sufrimiento cuidadosamente ensayada. Su abogado aseguró que yo no tenía tiempo para ser madre y que mis hijas vivirían mejor en Guadalajara.
Claudia se levantó.
—La señora Mariana ha sido la cuidadora principal durante cinco años. Ha atendido la salud y la educación de las menores, y ha garantizado un hogar estable. El padre no puede convertir su ausencia en argumento para llevárselas.
La jueza revisó el informe de trabajo social y preguntó a Arturo por las consultas, operaciones y terapias de Valeria. Él no supo mencionar el nombre de un solo especialista.
Después declaró Ofelia.
—Mi pobre hijo está agotado. Yo también estoy delicada del corazón. Mariana nos separó de esas criaturas y se fue a esconder a un pueblo.
Yo recordé que la primera vez había usado exactamente la misma enfermedad para expulsarnos. Pero no abrí la boca. Claudia le preguntó por las supuestas dificultades económicas de Arturo, por el sueldo que había declarado y por los depósitos adicionales realizados desde sus negocios.
—Son asuntos privados —respondió Ofelia.
