Mi esposo prefirió la tranquilidad de su madre antes que a nuestras tres hijas prematuras. “No pienso pasar noches sin dormir”, soltó mientras yo apenas podía caminar tras la cesárea. No supliqué: llamé a mi padre y salí con las niñas. Cinco años más tarde, llegó con regalos… pero una sola frase de su hija lo hizo comprender lo que había perdido. Advertisements

Arturo bajó los ojos. Aquella frase hizo más daño que cualquier reproche mío.

La tarde siguiente se quedó a conversar en el porche. Confesó que Ofelia debía dinero, que varios de sus negocios habían perdido clientes y que una financiera privada le había prestado una suma enorme. Quería tener a las nietas viviendo con ella para participar en las decisiones sobre sus futuros bienes.

—Las niñas no tienen acciones de mi empresa —le aclaré.

—Mamá dice que tarde o temprano se las dejarás. Que si tenemos la custodia podremos intervenir.

—¿Tenemos? ¿O tiene ella?

No respondió.

Entonces le hice la pregunta que había evitado desde la visita de Víctor Salcedo.

—¿Quién entró a mi almacenamiento de archivos? Recibí avisos de acceso desde Guadalajara.

Arturo se quedó rígido. Finalmente admitió que le había dado a Ofelia una contraseña antigua, la que yo utilizaba cuando vivíamos juntos.

—Me dijo que quería revisar unas cuentas. Jamás pensé que miraría tus planos.

—Tú nunca piensas, Arturo. Otros deciden y tú firmas.

Esa noche cambié todas las contraseñas, pedí que se conservaran los registros de acceso y entregué mis respaldos a Claudia. Tenía dibujos originales guardados desde mis estudios de diseño industrial y una memoria con archivos fechados mucho antes de que Víctor volviera a aparecer.

La siguiente pieza del rompecabezas llegó de un registro mercantil. La financiera que había prestado dinero a Ofelia estaba vinculada a la esposa de Víctor Salcedo. El mismo hombre que años antes había arruinado a mi padre ahora financiaba a mi suegra y conocía mis diseños secretos.

—Esto ya no es solamente un pleito familiar —advirtió Claudia—. Están intentando llegar a tu negocio por dos caminos: las niñas y la propiedad intelectual.

Cuando se lo conté a mi padre, apoyó sus manos ásperas sobre la mesa.

—Perdóname, hija. Ese hombre vuelve a meterse con nosotros por mi culpa.

—No, papá. Tú confiaste en alguien. Él decidió traicionarte. Son cosas distintas.

Me abrazó con una fuerza que no le conocía desde que yo era niña.

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