La nueva redacción permitía al director decidir cuándo una conducta peligrosa podía considerarse una simple imprudencia.
Y establecía que esa modificación tendría efectos desde antes del baile.
Arturo Pineda votó en contra.
También se opuso una profesora jubilada llamada Elena Robles, integrante del consejo.
Según me contó Arturo, Elena se levantó y dijo:
—Durante años les hemos dicho a los alumnos que ninguna familia está por encima del reglamento. ¿Ahora vamos a cambiarlo porque el acusado es hijo del director?
Nadie respondió.
Octavio pensó que había ganado.
Sin embargo, aquella modificación retroactiva se convirtió en otra pieza importante de la investigación.
Demostraba que el colegio conocía la gravedad del incidente y estaba intentando cambiar las reglas después de ocurrido.
El lunes llegó la respuesta de la aseguradora.
No era una negativa definitiva, pero sí una reserva formal de derechos mientras investigaban las omisiones y posibles declaraciones falsas.
La compañía solicitaba documentación sobre el caso de Mateo, los pagos del patronato, las reclamaciones anteriores y la modificación del reglamento.
En otras palabras, el consejo ya no podía dar por hecho que su seguro cubriría las consecuencias económicas.
Los directivos comenzaron a recibir llamadas de sus abogados.
Algunos padres exigieron explicaciones.
Otros preguntaron si sus hijos habían sufrido abusos que nunca fueron investigados.
Y Octavio Valdés me llamó personalmente.
—Héctor, tenemos que solucionar esto entre nosotros. Venga mañana a mi oficina.
Acepté, pero informé a Adriana y seguí sus indicaciones antes de acudir.
Cuando entré al colegio, el reglamento todavía estaba enmarcado junto a la recepción.
Me detuve frente a él.
Las palabras seguían allí.
Sin privilegios ni excepciones.
Octavio me esperaba detrás de su escritorio.
Había perdido aquella sonrisa orgullosa con la que nos recibió la noche del baile.
—Héctor, mi hijo cometió una estupidez terrible —comenzó—. Pero sigue siendo mi hijo.
No respondí.
—Estoy dispuesto a pagar todos los gastos médicos de Sofía. También su tratamiento psicológico. Podemos ofrecer una compensación importante.
—¿A cambio de qué?
Octavio respiró profundamente.
—De que retire sus reclamaciones civiles y declare públicamente que fue una broma desafortunada.
Lo observé durante varios segundos.
