—Pero guardé una copia. Son once minutos. Desde que Sebastián llevó a Sofía al estacionamiento hasta que llegó la policía.
Me quedé inmóvil.
Daniel bajó la voz.
—Hay algo más. Mi teléfono siguió grabando cuando lo guardé en el bolsillo. Se escucha una conversación que el director nunca debió tener.
Reprodujo los últimos segundos de la grabación.
Y cuando reconocí la voz de Octavio hablando con el policía Martín Luna, comprendí que lo ocurrido aquella noche no era solamente una broma criminal.
Era parte de algo mucho más grande.
PARTE 3
—Martín, pon que era aceite para lámparas, no gasolina. Y escribe que el señor Salazar atacó primero a mi hijo. Yo me encargo de que no tengas problemas.
La voz de Octavio Valdés se escuchaba perfectamente en la grabación.
Después aparecía la respuesta del policía:
—¿Y qué hacemos con la muchacha?
—Ya está en el hospital. Está viva. Lo importante es que Sebastián no termine metido en un asunto penal.
Escuché aquellas palabras tres veces.
Mi esposa tenía las manos apretadas contra la boca. Daniel lloraba silenciosamente junto a su madre.
Pero lo peor estaba al principio del video.
Sebastián sujetaba a Sofía mientras sus amigos grababan. Ella le suplicaba que la dejara regresar al baile.
—¿Te acuerdas de Mateo? —preguntaba Sebastián—. Él también creyó que podía hablar de nosotros.
Después aparecía el bidón.
—Esto es gasolina de verdad, Sebastián —advertía Daniel.
—Pues entonces procura grabar bien. Esta noche nos vamos a hacer famosos.
Sofía gritaba que no quería participar.
Sebastián respondía:
—No importa lo que tú quieras. Mi papá arregla todo.
Detuve el video.
Durante unos segundos nadie habló.
Comprendí entonces que mi hija no había sido víctima de una broma que salió mal. Había sido castigada deliberadamente por denunciar una injusticia.
Y el padre de su agresor estaba dispuesto a encubrirlo.
—Mañana iremos con una abogada —dije finalmente—. Esto no se va a publicar en internet. Se entregará a las autoridades.
Daniel levantó la mirada.
—¿También me van a meter a la cárcel?
—No puedo prometerte que no tendrás consecuencias —respondí—. Pero ahora tienes la oportunidad de decir la verdad.
Su madre le tomó la mano.
—Por eso vinimos, hijo.
Al día siguiente nos recibió Adriana Cárdenas, una abogada de Guadalajara especializada en responsabilidad civil y asuntos escolares.
Revisó los informes médicos, las capturas del video manipulado, el reglamento y la grabación original.
Cuando terminó, se quitó los lentes.
—Héctor, aquí hay dos asuntos distintos. Uno es el ataque contra su hija y el posible encubrimiento. El otro es un sistema que aparentemente lleva tiempo protegiendo a determinados estudiantes.
Le expliqué lo ocurrido con Mateo Cruz y los ochenta mil pesos del patronato.
Después le hablé de la póliza de responsabilidad civil del colegio.
Adriana se inclinó hacia delante.
