—Mamá, Diego acaba de decirme que nuestra boda está en peligro. ¿Qué hiciste?
PARTE 3
La voz de Lucía me dolió más que la burla de aquella cena. Quise explicarle que Armando había defendido a Rocío, que yo nunca pretendí despedirlo, que las cosas se habían complicado. Pero solo pude decir:
—Hija, cometí un error.
—Eso mismo dice Diego. Su papá llegó a casa y contó todo. Que perdió el trabajo en el banco, que durante meses salía vestido de traje para fingir que seguía empleado, que agotó sus ahorros y pidió un préstamo para ayudarnos con la boda. También confesó que nunca había sido director de una multinacional. ¡Y tú lo sabías!
No contesté. Porque lo más doloroso era que, cuando descubrí su secreto, había preferido guardármelo para continuar observándolo.
Tres días después llegó la represalia. César Robles canceló el contrato de limpieza del banco, alegando pérdida de confianza. Teresa y yo encontramos puestos en otros edificios para las catorce personas. Nadie quedó sin empleo, pero la pérdida económica fue considerable.
Doña Lupita, al descubrir que yo era la dueña, me devolvió las rodilleras y dijo:
—Se las presté porque le dolían las piernas, no porque fuera la patrona. Así que me las regresa cuando termine de usarlas.
Me abrazó y contuve el llanto.
El sábado, Lucía apareció en mi casa y me recordó algo que yo había enterrado bajo años de buenas intenciones. Cuando tenía nueve años, un compañero se burló de ella porque su mamá limpiaba baños. Lucía respondió que yo también era propietaria de una empresa. Al día siguiente fui a su salón y, frente a todos, proclamé orgullosa que sí limpiaba excusados.
—Los niños aplaudieron, mamá —me dijo, con las mejillas mojadas—. Pero después me llamaron durante años «la hija de la señora de los baños». Yo necesitaba que dijeras que no estaba mintiendo cuando te llamé empresaria. Tú solo querías enseñarles una lección.
Recordé aquella visita. Recordé a la maestra felicitándome. Nunca había preguntado qué pasó después.
—En la cena volviste a hacerlo —continuó—. Te pedí una cosa y preferiste demostrar que eras humilde. Ahora todos estamos pagando tu orgullo.
Se marchó antes de que pudiera abrazarla.
Aquella noche entendí una verdad incómoda: se puede convertir la humildad en otra manera de presumir. Me encantaba que la gente descubriera que la señora que tallaba baños también firmaba los contratos. Me había preocupado tanto por defender mi dignidad que ignoré la vergüenza de mi hija y el miedo de otro ser humano.
El domingo llamé a Rosario. Le pedí permiso para visitar a Josefina y disculparme. Me recibió en un departamento lleno de cajas. Estaban vendiéndolo porque ya no podían pagar la hipoteca.
—Armando no quería hacerlo antes de la boda —admitió—. Quería que ustedes creyeran que seguíamos teniendo dinero.
Nos sentamos a tomar café y Rosario me contó una historia que cambió para siempre mi manera de ver a su esposo.
