Josefina había limpiado aquel banco durante catorce años. Criaba sola a Armando después de enviudar y muchas tardes lo llevaba a la pequeña cocineta de empleados, donde el niño hacía su tarea mientras ella trapeaba los pasillos. Cuando él consiguió su primer puesto en el banco, empezó a ocultar el oficio de su madre. A Diego le contó que su abuela había sido ama de casa.
—Siempre decía que quería protegerla —susurró Rosario—. Yo sabía que intentaba protegerse de las burlas que sufrió de niño.
Cuando lo despidieron, Armando cayó en una tristeza profunda. Josefina, que ya confundía los días, repetía constantemente: «Palomita hizo una empresa con tres cubetas. Una era de Monchito».
Un día Armando encontró el nombre Tres Cubetas buscando trabajo. Reconoció el logotipo y envió su currículum. Quería conocer a la fundadora cuando pudiera presentarse orgulloso de algún logro. Sabía que se llamaba Elena Vargas, pero jamás relacionó a aquella dueña desconocida con la mujer que su hijo presentó en la cena diciendo que trabajaba limpiando.
—Cuando te vio doblar esa toalla frente a su mamá, algo le pasó —añadió Rosario—. No quiso explicarme qué.
Entré a la habitación de Josefina. Estaba sentada junto a la ventana, doblando un trapo en ocho partes. Me acerqué despacio. Sus ojos recorrieron mi rostro y, durante un instante, la confusión desapareció.
—Palomita… Ya te habías tardado, muchacha.
Me eché a llorar. Ella me secó las lágrimas con el trapo y murmuró:
—No llores mientras trabajas. Luego quedan manchas.
De pronto recordé una fiesta de diciembre de 1980. Los gerentes del banco brindaban mientras nosotras recogíamos vasos. El director, borracho, señaló a Josefina y preguntó, entre carcajadas: «Aquí necesitan alguien que talle los excusados. ¿Quieres seguir con ese trabajo?». Todos se rieron. También un niño de trece años, con un cuaderno bajo el brazo, que quería parecerse a los hombres de corbata.
Josefina miró a su hijo y respondió tranquilamente:
—Claro que sí.
Después siguió recogiendo vasos. Yo tenía diecisiete años. Aquella respuesta me enseñó que ningún empleo digno debía avergonzarnos.
Cuarenta y seis años después, su hijo había repetido la misma humillación frente a mí. Y yo había pronunciado la misma respuesta. Por eso, comprendí, Armando palideció al escucharme.
Rosario me indicó dónde encontrarlo: una banca frente al antiguo banco, en avenida Juárez.
Lo encontré mirando la fachada. Me senté a cierta distancia y le conté que había visto a Josefina, que recordaba la fiesta y que yo había sido la muchacha que ayudaba a Monchito con las fracciones.
Armando escondió la cara entre las manos.
—Yo me reí de mi madre —confesó—. Tenía trece años y quería pertenecer a ese mundo. Ella nunca me reclamó. Pasé la vida esperando que lo hiciera. Ahora, cuando le pido perdón, a veces ni siquiera sabe de qué hablo.
Le conté mi propia vergüenza: había aceptado el empleo por orgullo, revisado indebidamente su expediente y tardado demasiado en decirle quién era.
—Los dos usamos a otras personas para ocultar lo que nos dolía —le dije—. Usted escondió el trabajo de Josefina. Yo puse mi orgullo por encima de Lucía.
Armando respiró hondo.
