Lo miré con una vergüenza que me quemaba. Yo llevaba semanas vigilándolo para demostrar que era despreciable. Él acababa de arriesgar su empleo por una trabajadora a la que apenas conocía.
Esa tarde Armando fue a nuestras oficinas. Quería que Teresa me trasladara a un servicio más tranquilo y ofreció pagar de su bolsillo cualquier diferencia salarial. Creía que había puesto en peligro mi sustento.
Teresa me llamó. Llegué todavía uniformada. Armando se levantó, aliviado, hasta que escuchó:
—No puedo trasladar a Elena, porque es la dueña de Tres Cubetas.
Me miró como si lo hubiera traicionado durante años. Se quitó el gafete y lo dejó sobre el escritorio.
—Usted estuvo espiándome. Yo me burlé una noche; usted planeó mi humillación durante semanas. Renuncio.
Y entonces mi teléfono sonó. Era Lucía, llorando:
