—¡Ese hombre trabaja para ti! ¿Por qué dejaste que se burlara?
—No iba a humillarlo frente a su familia.
—No, mamá. Querías demostrar que eras mejor que él. Siempre haces lo mismo.
Al día siguiente, Día de las Madres, comí sola. El lunes pregunté a Teresa, mi directora general, por Armando. Era buen vendedor, había conseguido un contrato importante con un banco y necesitaba desesperadamente su empleo.
—Entonces no lo despidas —dije—. Voy a aceptar la vacante que me ofreció.
Teresa creyó que bromeaba. Pero una semana después entré al edificio del banco con uniforme, cubeta y gafete de afanadora. Lo que no esperaba era que, al verme, Armando sacara de su cartera un cheque y me ordenara:
—Tome el dinero, señora Elena. Y desaparezca antes de que mi familia se entere.
PARTE 2
—No quiero su dinero —respondí, devolviéndole el cheque—. Usted me ofreció trabajo delante de todos. Ahora déjeme hacerlo.
Armando golpeó la mesa con la palma abierta.
—¡No entiende lo que significa ver a alguien de nuestra familia cargando una cubeta!
Salió sin esperar respuesta. Aquellas palabras me persiguieron durante días. Yo todavía no pertenecía a su familia. ¿De quién estaba hablando?
En el edificio del Banco del Centro trabajábamos catorce personas. Rocío estudiaba enfermería por las noches; don Jacinto se ocupaba de la basura y doña Lupita me prestó unas rodilleras porque, según ella, «las rodillas no se compran nuevas». Nadie sabía que yo era la propietaria de Tres Cubetas, excepto Claudia, la supervisora.
En nuestro primer descanso descubrí algo incómodo. Armando había exigido que el banco nos proporcionara un comedor con sillas, refrigerador y microondas. Antes pretendían mandarnos a comer junto al cuarto de máquinas.
—Será muy presumido —comentó Lupita—, pero por lo menos sabe que también nos cansamos.
No quería admitirlo, pero esa defensa no encajaba con el hombre que se había reído de mí.
Una noche, Diego apareció en mi casa para disculparse por su padre. Me contó que Armando había perdido su puesto de gerente bancario en 2024 y pasó meses buscando empleo. Según Diego, ahora dirigía una empresa internacional. Comprendí que su propio hijo ignoraba dónde trabajaba realmente.
Antes de marcharse mencionó algo que me heló la sangre:
—Mi abuelita Josefina estuvo toda la noche después de la cena diciendo «Palomita, Palomita». Nadie sabe quién es.
Sentí que regresaba a 1980, cuando yo limpiaba aquel mismo banco junto a una señora a quien todos llamábamos doña Fina. Ella me había bautizado «Palomita» porque nunca podía quedarme quieta. También me había enseñado a doblar los trapos en ocho. Y tenía un hijo pequeño al que yo ayudaba con las fracciones usando agua y cubetas.
Fui a la oficina y cometí un error que todavía me avergüenza: consulté el expediente de Armando. Su madre figuraba como Josefina Ríos de Salcedo. Era ella. Doña Fina estaba viva. Y Armando era aquel niño.
—Díselo inmediatamente —me exigió Teresa—. Ya llevas demasiado tiempo jugando a observarlo.
Prometí hacerlo. No cumplí.
El martes siguiente, el director regional del banco, César Robles, encontró a Rocío limpiando el baño ejecutivo. Ella había colocado el aviso de piso mojado, pero él lo pateó frente a dos visitantes.
—Saquen a esta muchacha del contrato. Necesitamos gente que no estorbe a quienes sí trabajamos.
Rocío comenzó a llorar. Yo iba a intervenir cuando apareció Armando. Levantó el letrero, lo colocó nuevamente en la puerta y enfrentó a César.
—Ella está siguiendo el procedimiento. No voy a permitir que la despidan por hacer bien su trabajo.
—¿Olvidaste quién autoriza tus facturas, Salcedo?
—No. Tampoco olvidé quién firmó mi despido.
