—Necesitaba dinero —admitió finalmente—. Pensaba pagarlo cuando saliera lo de mi mamá.
—¿Para qué lo necesitabas?
No respondió.
Doña Rebeca lo miró fijamente.
—Dilo, hijo. ¿Sigues apostando?
Iván bajó la cabeza.
—Debo bastante dinero.
—¿Cuánto?
—Casi novecientos mil pesos.
Sentí que me faltaba el aire.
Durante cuatro años había vivido contando monedas, renunciando a mis propias necesidades y creyendo que estábamos construyendo un futuro juntos.
Mientras tanto, mi marido había acumulado una fortuna en deudas de apuestas.
—¿Y pensabas robárselo todo a tu madre para pagar? —pregunté.
—No lo entiendes, Daniela. Había gente presionándome.
—¿Y eso te daba derecho a destruirnos?
Iván me miró con desprecio.
—Tampoco te hagas la importante. Cuando te conocí eras una simple mesera. Yo te saqué de aquel restaurante.
Aquellas palabras terminaron de romper algo dentro de mí.
Recordé las noches esperándolo despierta, las comidas que dejaba preparadas, las veces que defendí sus mentiras frente a mis amistades.
Había confundido su necesidad de control con amor.
Y su irresponsabilidad con mala suerte.
Comencé a llorar silenciosamente.
Santiago se acercó y me ofreció un pañuelo, pero no intentó hablar por mí.
—No necesito que vuelvas a decirme nada —le respondí a Iván—. Quiero divorciarme.
Mi esposo soltó una risa nerviosa.
—Haz lo que quieras. A ver quién te mantiene ahora.
Doña Rebeca se levantó.
—Esa muchacha se ha mantenido sola mientras tú la engañabas. Y hoy nos salvó de perder nuestro patrimonio.
Su voz se quebró.
—Eres mi hijo y siempre te voy a querer, pero ya no voy a pagar tus apuestas ni encubrir tus delitos. Si quieres recuperar algo de esta familia, tendrás que demostrar con hechos que puedes cambiar.
Iván salió sin despedirse.
Lo observé alejarse y comprendí que acababa de perder al hombre que había amado.
Pero también estaba recuperando mi libertad.
