Los meses siguientes fueron difíciles.
Santiago me representó en los procedimientos relacionados con los préstamos. Se solicitaron peritajes de firmas, registros de las financieras y pruebas sobre la utilización indebida de mis documentos.
Una investigación permitió acreditar que yo no había autorizado aquellos créditos. Después de varios meses de trámites, las financieras cancelaron las obligaciones atribuidas fraudulentamente a mi nombre.
También avanzó mi divorcio, aunque Iván complicó el procedimiento al dejar de presentarse.
Mientras tanto, Sofía enfrentó las investigaciones por los documentos falsificados y los otros casos denunciados. Doña Rebeca reorganizó la administración de sus negocios, revocó los accesos que había concedido y estableció controles para evitar otra traición.
Yo regresé temporalmente a trabajar como mesera.
Una tarde, Rebeca me invitó a comer a su casa.
Había preparado enchiladas verdes y comprado pan recién hecho de una de sus sucursales.
—Daniela, necesito una asistente —me anunció después de comer—. Alguien que aprenda administración, revise operaciones y me ayude a coordinar las panaderías.
—Señora, yo apenas estudié cuatro semestres de Economía. Dejé la universidad cuando mi tía enfermó.
—¿Y quién dijo que necesitas saberlo todo desde el primer día?
Me ofreció un sueldo formal, capacitación y alojamiento temporal en una habitación de huéspedes mientras recuperaba mi estabilidad económica.
También me propuso financiar la continuación de mis estudios mediante un convenio laboral claro, sin deudas personales ni condiciones ocultas.
—Pero ¿por qué confía tanto en mí? —pregunté.
Doña Rebeca sonrió.
