Acepté limpiar por una hora la casa de una millonaria porque mi esposo casi no me dejaba dinero para comer. Al mover una caja de música, esta cayó y dejó al descubierto varias fotografías suyas de niño. “Señora, ¿por qué tiene fotos de mi marido?”, pregunté tranquilamente. Ella empezó a llorar y me pidió que no le dijera nada. Días después, descubrí unos documentos por 165 mil pesos a mi nombre…

—Señora Rebeca, esto es un malentendido. Yo puedo explicarlo.

—Perfecto —contestó mi suegra con una tranquilidad que me sorprendió—. Empieza explicando por qué preparaste documentos para regalarte mi casa.

—¡Esos papeles no eran para usted! ¡Se mezclaron con otros documentos!

Santiago abrió una carpeta.

—Qué curioso. Porque aquí tenemos los archivos originales, las fechas de elaboración y varios correos enviados desde su cuenta de trabajo. También encontramos instrucciones para preparar un poder general que le permitiría disponer de bienes de la empresa.

Sofía perdió el color.

—Eso no demuestra nada.

—Todavía no hemos terminado —añadió el abogado.

La notaria, visiblemente incómoda, aclaró que no podía autorizar una operación cuestionada por la propia titular. Doña Rebeca confirmó que no firmaría absolutamente nada.

Salimos del despacho hacia una sala privada de reuniones que la notaría nos permitió utilizar unos minutos.

Fue entonces cuando Iván intentó abrazar a su madre.

—¡Mamá! ¡Después de tantos años! No sabes cuánto te extrañé.

Doña Rebeca retrocedió.

—Ocho años, Iván. Ocho años esperando una llamada tuya. Y cuando finalmente apareces, es porque creíste que una muchacha podía quitarme todo lo que construí.

—¡No fue idea mía!

Sofía soltó una carcajada amarga.

—¡Eres un cobarde! Tú me buscaste. Tú me contaste cuánto dinero tenía tu madre y cómo ganarme su confianza.

—¡Mentira! —gritó Iván.

Santiago levantó la mano.

—Basta. Hay algo más que ambos necesitan saber.

Nos explicó que, al investigar a Sofía, había encontrado antecedentes de operaciones sospechosas relacionadas con dos empresarios mayores. En ambos casos había trabajado como asistente utilizando identidades diferentes.

Una de aquellas personas ya había presentado una denuncia por falsificación y abuso de confianza.

El nombre completo con el que la conocíamos tampoco coincidía con todos sus documentos.

Doña Rebeca se llevó una mano al pecho.

—Yo te abrí mi casa, Sofía. Te cuidé cuando enfermabas. Te invité a pasar Navidad conmigo porque me dijiste que no tenías familia.

—Usted nunca me regaló nada —respondió la joven con desprecio—. Tiene dieciséis panaderías y varias propiedades. Ni siquiera iba a notar lo que le quitáramos.

Aquel comentario dolió más que cualquier insulto.

La señora se quedó mirándola, como si estuviera contemplando a una desconocida.

Sofía intentó abandonar la sala, pero al enterarse de que había agentes esperando para tomarle declaración, cambió de dirección y se encerró en un baño.

Escuchamos cómo intentaba abrir una ventana.

No consiguió escapar.

Los agentes que atendían la denuncia anterior y las nuevas pruebas la esperaban en el exterior. Finalmente salió, acompañada por su abogado, para responder a las acusaciones.

Iván quiso marcharse detrás de ella, pero lo detuve con una pregunta.

—¿Por qué pediste préstamos usando mi nombre?

Advertiserment

Mi esposo abrió los ojos exageradamente.

—¿De qué hablas?

Saqué las copias de los contratos.

—Ciento sesenta y cinco mil pesos, Iván. Tres créditos que jamás solicité. Y una empleada te reconoció.

Se quedó callado.

Continúa en la página siguiente.➡️