Los papeles no eran simples autorizaciones administrativas. Incluían un poder amplísimo para disponer de los bienes de la empresa y una propuesta para transferir una residencia de su propiedad a Sofía.
Doña Rebeca llamó inmediatamente a su abogado de confianza, don Ernesto Salcedo, quien llegó acompañado de su hijo Santiago, también abogado.
Ambos confirmaron que los documentos podían ocasionarle pérdidas millonarias.
—Por ahora no cancele la cita con el notario —recomendó Santiago—. Necesitamos conservar las pruebas y averiguar quién más participa.
La situación empeoró a la mañana siguiente.
Recibí llamadas de tres financieras reclamándome préstamos vencidos por un total de 165 mil pesos.
Yo jamás había solicitado esos créditos.
Acudí a una sucursal para pedir copias de los contratos. Una empleada recordó que, para uno de los trámites, se había presentado una mujer rubia acompañada de un hombre.
Cuando le mostré la fotografía de Iván, lo reconoció.
Las firmas de los contratos se parecían a la mía, pero no eran auténticas.
Me sentí humillada, engañada y aterrorizada.
Santiago me ayudó a presentar las denuncias correspondientes, solicitar la suspensión de las gestiones de cobro mientras se investigaba la suplantación y reunir pruebas de falsificación.
—Tu esposo está haciendo contigo lo mismo que hizo con su madre —me dijo.
Entonces comprendí algo terrible: Iván probablemente nunca había dejado de apostar. Había utilizado mi identidad para conseguir dinero y, cuando las deudas se volvieron insoportables, había decidido robarle a su propia madre.
El jueves, doña Rebeca acudió a la notaría acompañada de Sofía.
Yo esperaba instrucciones de Santiago cerca de la entrada.
Los abogados aparecieron como si hubieran llegado por casualidad. Sofía palideció al verlos, pero fingió tranquilidad.
Dentro del despacho, doña Rebeca tomó la pluma que le ofrecía la notaria.
Sofía sonrió.
Entonces la señora dejó la pluma sobre la mesa y preguntó:
—Antes de firmar, Sofía, quiero saber por qué intentaste quedarte con mi casa.
La joven abrió la boca, pero no consiguió responder.
En ese preciso instante se abrió la puerta.
Iván apareció, mirando directamente a Sofía.
—Amor, ¿ya terminó todo? Llevo media hora esperándote en el coche.
Después vio a su madre.
Luego me vio a mí.
Y comprendió que acababa de caer en una trampa de la que quizá no podría salir.
PARTE 3
Nadie habló durante varios segundos.
Iván permanecía en la puerta del despacho con la cara desencajada. Su mirada saltaba de Sofía a su madre, de su madre a los abogados y finalmente a mí.
—Daniela… ¿qué haces aquí? —preguntó con voz temblorosa.
—Podría preguntarte exactamente lo mismo —respondí—. Según tú, estabas manejando un tráiler rumbo a Monterrey.
Sofía reaccionó primero.
