PARTE 1
—Tu abuela ya comió. Le dejamos algo en la mesa. No hagas un drama, Karina.
Eso fue lo que mi madre me escribió el día en que mi abuela cumplió setenta y nueve años.
Yo estaba en Guadalajara, con el mandil puesto y las manos cubiertas de harina, preparando el servicio de comida en el restaurante donde trabajo como chef. Miré el mensaje tres veces antes de entender lo que realmente significaba.
Mis padres no estaban con ella.
Mi hermana Sofía tampoco.
Los tres habían tomado un vuelo esa misma mañana rumbo a Los Cabos, donde la familia del prometido de Sofía organizaba una fiesta de compromiso que duraría todo el fin de semana.
Mi abuela Carmen se había quedado sola en Tepatitlán.
Apagué la estufa, dejé encargado el turno y manejé casi una hora sin soltar el volante.
Cuando llegué, encontré la puerta abierta y la luz de la cocina encendida.
Mi abuela estaba sentada frente a la mesa con su vestido azul marino, el que usaba para bodas, bautizos y ocasiones importantes.
Frente a ella había una charola de comida congelada del supermercado.
Carne con puré.
Seguía fría en el centro.
Ni siquiera la habían calentado.
Al lado estaba un pastel pequeño que mi abuela había comprado para ella misma.
—No pasa nada, hija —dijo al verme—. Ya sabes que tu hermana tiene muchas cosas.
Miré el recibo pegado a la bolsa.
7:52 de la mañana.
Mis padres habían estado ahí.
No habían olvidado su cumpleaños. Habían pasado por su casa, habían dejado una comida congelada y después se habían ido al aeropuerto.
A las diez de la mañana mi madre ya estaba publicando fotografías desde la sala de espera: copas, maletas, sonrisas y la frase “Empieza el mejor fin de semana de nuestras vidas”.
Puse el teléfono boca abajo.
—Hoy no vas a comer eso.
Abrí el refrigerador.
