Parte 1
Mi esposo me ordenó arrodillarme frente a su amante embarazada delante de 300 invitados.
Cuando me negué, se quitó el anillo de bodas y lo arrojó a mis pies.
—Recógelo, Valeria.
Es lo único que vales en esta familia.
Su madre señaló el piso de mármol.
—Y después pídele perdón a la mujer que sí va a darnos un heredero.
Yo llevaba 4 años soportando sus desprecios.
Aquella noche, en un hotel de lujo de Polanco, decidí que sería la última.
Pero cuando estaba por salir, recibí un mensaje de un número desconocido.
«No te vayas.
El fiduciario de tu abuelo llegará en unos minutos.
Tu esposo está a punto de descubrir quién financió realmente su imperio».
Me llamo Valeria Montes, tengo 29 años y durante 4 años fui la esposa de Sebastián Alcázar, director general de uno de los grupos inmobiliarios más importantes de México.
Cuando lo conocí, Sebastián era atento, cariñoso y parecía sinceramente enamorado.
Me llevaba flores sin motivo, recordaba los detalles más pequeños y me decía que mi sencillez era precisamente lo que más le gustaba de mí.
—No me importa cuánto dinero tengas, Valeria.
Quiero casarme contigo, no con tu apellido.
Le creí.
Mi madre había muerto cuando yo era niña.
Mi abuelo, Ernesto Montes, me crió en una casa modesta de Coyoacán.
Tenía un automóvil viejo, usaba camisas sencillas y jamás hablaba de dinero.
Cuando murió, un abogado me explicó que había dejado sus bienes dentro de un fideicomiso privado.
Algunos detalles permanecerían reservados hasta que se cumplieran ciertas condiciones.
