Le mostré la póliza.
—¿Crees que intentaban hacerme algo?
Adriana examinó el documento.
—No tenemos pruebas de eso.
No debemos confundir una sospecha con un hecho.
—Rogelio mencionó 600,000 pesos.
—Entonces necesitamos investigar de dónde salió ese dinero.
Pero primero vamos a proteger a Mateo.
Aquellas palabras me obligaron a concentrarme.
La prioridad no era descubrir todos los secretos de Verónica.
Era impedir que mi hijo volviera a quedar a solas con Rogelio.
Adriana preparó una solicitud urgente de medidas de protección y promovió ante el juzgado familiar lo correspondiente a la guarda y custodia provisional.
También reunimos los informes médicos y pedimos que las notas originales del celular fueran preservadas para su análisis.
La investigación penal siguió su propio curso.
Un especialista examinó el dispositivo y verificó las fechas de creación de las entradas.
Las notas no bastaban por sí solas para demostrar cada agresión, pero aportaban una cronología que podía contrastarse con el testimonio de Mateo, las lesiones y otros elementos.
Mientras tanto, mi hijo recibió atención psicológica especializada.
La primera sesión fue difícil.
Cuando salió, me preguntó:
—Papá, ¿te van a quitar el trabajo por mi culpa?
Me agaché frente a él.
—¿Por qué piensas eso?
—Porque mamá decía que si yo hablaba, tú dejarías de trabajar y perderíamos la casa.
Sentí una punzada en el pecho.
—Mateo, escúchame.
Tú no provocaste nada de esto.
—Pero si no hubiera quemado los frijoles…
—Aunque hubieras quemado 100 ollas, nadie tenía derecho a lastimarte.
Me miró con desconfianza.
Como si aquella idea fuera completamente nueva.
—¿De verdad?
—De verdad.
Tardó varios segundos en acercarse.
Después me abrazó tan fuerte que tuve que contener las lágrimas.
Dos días más tarde recibí información sobre los 600,000 pesos.
No provenían de mi seguro de vida.
Eran parte de un préstamo personal que Verónica había solicitado en mayo, respaldado con sus propios ingresos declarados y otros documentos que el banco estaba revisando.
La deuda estaba a su nombre.
La mayor parte del dinero había desaparecido en apuestas y transferencias a Rogelio.
El resto había sido utilizado para cubrir deudas anteriores.
Mi esposa llevaba casi un año escondiéndome sus problemas financieros.
Y Rogelio había encontrado la manera de aprovecharse.
Adriana consiguió una copia de la documentación presentada para la revisión del crédito hipotecario.
Allí aparecía la propuesta que habían intentado impulsar.
Verónica quería que yo aceptara una reestructuración de la hipoteca y autorizara un financiamiento adicional utilizando la propiedad como garantía, sujeto a aprobación del banco.
Rogelio pretendía recibir parte de esos fondos por supuestos servicios y una deuda privada que decía haber cubierto.
Sin mi consentimiento y sin la aprobación de la institución financiera, no podían realizar aquella operación.
Eso explicaba por qué necesitaban que firmara.
Pero todavía quedaba una pregunta.
