Parte 1
—Tu abuela vendió su piano para comprarle este Mercedes a tu hermana.
Deberías agradecerle en lugar de poner esa cara.
Las palabras de su padre hicieron que Santiago Mendoza sintiera un golpe en el pecho.
Frente a él, 32 invitados aplaudían mientras su hermana Valeria, de 27 años, posaba junto a un automóvil nuevo, adornado con un enorme moño rojo.
Nadie parecía recordar que la dueña del piano estaba muriendo en una clínica de cuidados paliativos.
Y mucho menos que aquel instrumento había sido prometido exclusivamente a Santiago.
—¿Cuánto recibiste por el piano? —preguntó.
Su padre, Ricardo Mendoza, acomodó los puños de su camisa.
—1,850,000 pesos.
Un excelente negocio.
Santiago sintió que las piernas le temblaban.
Aquel piano de cola alemán había acompañado a su abuela durante 43 años.
Ella había enseñado música con él, había pagado los estudios de su hijo gracias a sus conciertos y había sentado a Santiago frente a sus teclas cuando apenas tenía 7 años.
Ahora estaba convertido en un automóvil para Valeria.
Pero lo peor todavía no había ocurrido.
Todo había comenzado 12 días antes.
Santiago tenía 32 años y trabajaba como maestro de música en una escuela privada de Querétaro.
También daba clases particulares durante los fines de semana.
Sus padres nunca habían considerado aquello una profesión respetable.
Ricardo administraba una empresa de suministros industriales y su esposa, Patricia, dedicaba buena parte de su tiempo a organizar reuniones con empresarios.
Valeria era su orgullo.
Santiago, en cambio, era el hijo al que llamaban cuando necesitaban resolver algo sin pagar.
Cuando su abuela Elena Mendoza fue trasladada a cuidados paliativos por una insuficiencia cardiaca avanzada, Ricardo reunió a sus hijos en el hospital.
—Tu madre y yo estamos demasiado ocupados.
Valeria tiene compromisos importantes con la familia de su novio.
Tú te encargarás de visitar a tu abuela todos los días.
—Tengo clases hasta las 6 —respondió Santiago.
—Eres maestro de música.
