Parte 1
—O aceptas a mi futura esposa sin ponerle condiciones o te olvidas de que tienes un hijo.
El mensaje llegó a las 9:17 de la noche.
Teresa Salgado, de 63 años, lo leyó sentada frente a una fotografía de su esposo fallecido.
Su hijo, Daniel, acababa de darle un ultimátum.
Y todo porque ella se había negado a esconder aquella fotografía durante la cena previa a su boda.
Teresa escribió una respuesta que jamás imaginó enviarle al único hijo que tenía:
—Perfecto.
Entonces paguen ustedes su boda.
Después dejó el teléfono sobre la mesa.
Faltaban 4 meses para la ceremonia de 1,680,000 pesos que ella había prometido financiar.
Durante 32 años, Teresa había trabajado administrando una empresa de transporte en Querétaro.
Su esposo, Roberto, murió cuando Daniel tenía 9 años.
Desde entonces, ella había criado sola al niño, pagando sus estudios y cuidando cada peso que ganaba.
La casa de dos plantas donde vivía era lo último que Roberto y ella habían comprado juntos.
Daniel tenía 34 años y trabajaba como ingeniero.
Cuando anunció su compromiso con Valeria Montes, Teresa sintió que finalmente podría ver cumplido uno de los sueños de su esposo.
Valeria era elegante, ambiciosa y acostumbrada a conseguir lo que quería.
Al principio, sus comentarios parecían inofensivos.
—Doña Teresa, debería cambiar esas cortinas.
Hacen que la casa parezca de otra época.
Otra tarde criticó las vajillas.
Después comenzó a sugerir muebles nuevos.
Teresa soportó aquellas observaciones porque quería llevarse bien con la mujer que su hijo amaba.
El problema comenzó cuando Daniel le pidió ayuda para pagar la boda.
Valeria quería casarse en una hacienda restaurada, con 180 invitados, flores importadas, música en vivo y un banquete de lujo.
El presupuesto ascendía a 1,680,000 pesos.
—Mamá, sabemos que es muchísimo dinero —admitió Daniel—.
Pero tú siempre dijiste que querías ayudarme cuando me casara.
Teresa tenía ahorros suficientes.
