Parte 1
Mi suegro soltó una carcajada cuando entré sola al juzgado familiar de Querétaro.
Mi esposo había llegado con 3 abogados, cada uno cargando expedientes tan gruesos que apenas cabían sobre la mesa.
—¿Y tu abogado, Mariana? —preguntó mi suegro, lo bastante fuerte para que todos escucharan—. ¿O ya te gastaste hasta el último peso que te dio mi hijo?
Mi suegra, Beatriz, se tapó la boca para disimular la risa.
Yo llevaba un traje azul marino, unos zapatos que había comprado hacía 6 años y un portafolio de piel negra.
Lo coloqué sobre la mesa sin responder.
Mi esposo, Rodrigo Salcedo, ni siquiera me miró.
Después de 8 años de matrimonio, parecía que yo era una desconocida a la que había decidido demandar.
La jueza Patricia Mendoza revisó el expediente.
—Señora Mariana Torres, ¿confirma que comparece sin abogado?
—Así es, su señoría.
—¿Conoce las consecuencias de representarse a sí misma?
—Perfectamente.
Uno de los abogados de Rodrigo se levantó.
—Con todo respeto, su señoría, mi representada… perdón, la señora Torres carece de conocimientos jurídicos.
Solicitamos que quede constancia de que rechazó la oportunidad de contar con representación profesional.
Algunas personas sonrieron.
Yo también estuve a punto de hacerlo.
Porque durante aquellos 8 años, nadie en la familia Salcedo se había molestado en averiguar quién era yo antes de casarme.
Para ellos, Mariana era la esposa que organizaba las cenas, acompañaba a Beatriz al médico y preparaba los discursos que Rodrigo pronunciaba frente a sus socios.
Lo que desconocían era que, antes de convertirme en Mariana Salcedo, había sido capitana Mariana Torres, licenciada en Derecho y asesora jurídica militar durante 9 años.
Había intervenido en procedimientos disciplinarios, investigaciones sobre desvíos de recursos y asuntos que involucraban a oficiales de alto rango.
Dejé el Ejército a los 34 años.
No porque me hubieran expulsado, como Rodrigo insinuaba, sino porque una investigación especialmente complicada terminó por convencerme de que necesitaba otra vida.
Conocí a Rodrigo 4 meses después.
Era amable, atento y parecía admirar mi independencia.
Después de casarnos, empezó a pedirme pequeños sacrificios.
Primero, que no hablara demasiado de mi carrera militar porque su madre encontraba incómodo aquel tema.
Después, que dejara de usar mi grado frente a sus socios.
Finalmente, que me concentrara en nuestra casa mientras él hacía crecer los negocios familiares.
Acepté demasiadas cosas.
Pero nunca olvidé cómo leer un expediente.
3 semanas antes de aquella audiencia, Rodrigo había dejado una solicitud de divorcio junto a mi desayuno.
Pedía quedarse con nuestra casa, 2 vehículos, las cuentas que consideraba suyas y prácticamente todo lo adquirido durante nuestro matrimonio.
Su argumento era que yo no había trabajado ni aportado ingresos.
—Te estoy dejando suficiente para empezar de nuevo —me dijo.
Le pregunté qué consideraba suficiente.
—150,000 pesos.
Y puedes llevarte tus cosas personales.
Me quedé mirando al hombre al que había entregado 8 años de mi vida.
