Mis padres vendieron sin permiso el piano que mi abuela había conservado durante más de 40 años y que había prometido dejarme a mí. Con los 1.850.000 pesos compraron un coche para mi hermana y me advirtieron: “Si se lo cuentas y empeora, será culpa tuya”. No respondí. Se lo conté desde su cama de cuidados paliativos. Mi abuela sonrió, llamó a su abogado y dijo algo que hizo que entendiera que llevaba años preparándose para ese momento.

Ernesto Villaseñor miró a Ricardo.

—¿No me dijiste que esta casa era una de tus propiedades?

—Es un asunto familiar.

—En nuestra última reunión la incluiste en tu presentación de activos.

Ricardo dejó la copa sobre una mesa.

—Puedo explicarlo.

—Entonces tendrás que hacerlo también ante nuestro departamento jurídico —respondió Ernesto.

Arturo continuó.

—Existe otro asunto.

Hace 5 años, Elena constituyó un fideicomiso que comprende determinados bienes y establece instrucciones específicas sobre su administración y destino.

Valeria soltó una risa nerviosa.

—¿Y eso qué tiene que ver con mi automóvil?

—El piano vendido estaba incluido entre los bienes protegidos.

Su venta no fue autorizada por quienes podían disponer de él.

—Pero mi papá lo vendió —protestó ella.

—Exactamente.

Y el dinero fue depositado en su cuenta personal.

Arturo abrió otra carpeta.

—La operación fue por 1,850,000 pesos.

También obtuvimos una copia de la supuesta autorización utilizada para justificarla.

Ricardo avanzó hacia la mesa.

—Esos son documentos privados.

—Y no los voy a distribuir entre los invitados.

Pero usted necesita saber que Elena ha negado haber firmado esa autorización.

El silencio fue absoluto.

—Además, la fecha consignada coincide con un periodo de hospitalización en el que su capacidad para firmar debe ser verificada mediante los registros médicos correspondientes.

Patricia agarró el brazo de su esposo.

—Ricardo, vámonos adentro.

Pero Teresa intervino:

—Antes quiero escuchar una cosa. ¿Realmente tomaron el piano de mi hermana sin pedirle permiso?

Ricardo apretó los labios.

—Mi madre no iba a volver a usarlo.

—No te pregunté si lo iba a usar.

Te pregunté si tenías permiso.

Ricardo no contestó.

Santiago dio un paso al frente.

—La abuela quería que ese piano siguiera en la familia.

Se lo llevaron cuando ella estaba hospitalizada y utilizaron el dinero para comprar un automóvil.

Valeria tenía lágrimas en los ojos.

—¿Estás haciendo todo esto porque me tienes envidia?

Santiago la miró serenamente.

—No, Valeria.

Si nuestros padres hubieran comprado ese automóvil con su propio dinero, yo no tendría nada que reclamar.

Pero utilizaron algo que no les pertenecía.

Patricia comenzó a llorar.

—Estás destruyendo a tu familia.

—Mamá, cuando pregunté por el piano me dijiste que si le contaba la verdad a la abuela y ella moría, sería mi culpa.

Teresa se llevó una mano a la boca.

—¿Le dijiste eso a tu propio hijo?

Patricia bajó la mirada.

Santiago continuó:

—Durante años acepté que se burlaran de mi trabajo.

Acepté que consideraran más importante cualquier compromiso de Valeria que mis responsabilidades.

Continúa en la página siguiente.➡️