Mis padres vendieron sin permiso el piano que mi abuela había conservado durante más de 40 años y que había prometido dejarme a mí. Con los 1.850.000 pesos compraron un coche para mi hermana y me advirtieron: “Si se lo cuentas y empeora, será culpa tuya”. No respondí. Se lo conté desde su cama de cuidados paliativos. Mi abuela sonrió, llamó a su abogado y dijo algo que hizo que entendiera que llevaba años preparándose para ese momento.

Santiago respondió inmediatamente.

“¿Qué documento?”

El abogado tardó unos segundos.

“Una autorización que supuestamente firmó tu abuela cuando ya estaba hospitalizada”.

Santiago volvió a leer el mensaje.

Su abuela no había firmado ninguna autorización.

Arturo envió una última fotografía.

Cuando Santiago amplió la imagen, reconoció la firma.

Era casi idéntica a la de Elena.

Pero el documento llevaba una fecha imposible.

Ese día, su abuela estaba sedada después de un procedimiento médico.

Parte 3

El domingo, Santiago llegó a la casa de Juriquilla con una camisa blanca y un saco azul oscuro.

Había más de 30 invitados.

En la terraza sonaba música suave.

Las mesas estaban cubiertas con manteles blancos y los meseros servían copas de vino.

Patricia recibió a su hijo con una sonrisa falsa.

—Qué bueno que viniste.

Procura no hablar de asuntos desagradables.

Santiago solamente asintió.

Reconoció a varios empresarios relacionados con Ricardo.

También estaban Andrés, el novio de Valeria, y su padre, Ernesto Villaseñor, quien estaba negociando un contrato millonario con la empresa familiar.

Ricardo parecía especialmente interesado en impresionarlo.

A las 6 de la tarde reunió a todos los invitados.

—Hoy celebramos a mi maravillosa esposa, pero también queremos compartir una alegría familiar.

Pidió que lo acompañaran hasta la entrada.

Allí esperaba un Mercedes blanco adornado con un enorme moño rojo.

Valeria fingió sorpresa.

—¡Papá, no puedo creerlo!

Los invitados comenzaron a aplaudir.

Ricardo levantó una copa.

—Este regalo fue posible gracias a una decisión muy generosa de mi madre.

Elena quiso vender su piano antiguo para ayudar a su nieta a comenzar una nueva etapa.

Santiago permaneció inmóvil.

Una mujer mayor, Teresa, hermana de Elena, dejó de aplaudir.

—Ricardo, ¿tu madre realmente autorizó esa venta?

—Por supuesto.

—Hace 2 semanas me dijo que ese piano era para Santiago.

Ricardo sonrió con incomodidad.

—Mi madre está tomando medicamentos fuertes.

Ya no recuerda bien algunas cosas.

—Ayer hablé con ella durante 40 minutos —respondió Teresa—.

Recordaba perfectamente todo.

El ambiente se tensó.

Entonces Arturo Salazar se levantó de una mesa cercana.

—Buenas tardes.

Soy el abogado de Elena Mendoza.

Me gustaría aclarar algunos puntos, con autorización expresa de mi clienta.

Ricardo frunció el ceño.

—Esta es una celebración privada.

—Lo sé.

Por eso no habría intervenido si usted no hubiera presentado públicamente una versión falsa sobre una operación patrimonial.

Arturo colocó una carpeta azul sobre una mesa.

—Su madre no autorizó la venta del piano.

Tampoco manifestó su intención de regalar el dinero a Valeria.

Patricia cruzó los brazos.

—Elena está muy enferma.

No sabemos qué le habrán hecho creer.

—Su condición médica no significa que haya perdido automáticamente la capacidad para decidir.

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