Arturo colocó otro documento sobre el escritorio.
—Hace 5 años, tu abuela constituyó un fideicomiso para proteger una parte importante de sus bienes.
El piano estaba identificado entre los objetos que debían conservarse para ti.
Santiago permaneció inmóvil.
—¿Y mi padre podía venderlo?
—No sin la autorización correspondiente.
Tenemos que revisar cómo consiguió que el comprador aceptara la operación.
—¿Quién es el beneficiario del fideicomiso?
Arturo lo miró.
—Tú.
Santiago tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Solamente yo?
—Así lo dispuso tu abuela.
El abogado señaló la pequeña llave.
—También me pidió que te entregara esto.
Sacó una caja metálica de un gabinete y la puso frente a él.
Santiago introdujo la llave.
Dentro encontró fotografías antiguas, recibos bancarios y una carta escrita por Elena.
Pero había algo más.
Una copia de un documento fechado apenas 6 semanas antes.
Era una solicitud para evaluar la capacidad de Elena para administrar sus bienes.
La había promovido Ricardo mediante su abogado.
—Mi padre quiere quitarle el control de todo —murmuró Santiago.
—Ha intentado obtener información médica y preparar el terreno para intervenir en sus decisiones.
Hasta ahora no ha conseguido ninguna resolución judicial que lo autorice.
Arturo le mostró después un mensaje que Elena había recibido de Ricardo.
Decía:
“Mamá, firma los papeles.
Ya no estás en condiciones de manejar una propiedad tan grande.
Yo puedo encargarme de todo”.
—Tu abuela conservó estos mensajes porque sospechaba que llegaría este día —explicó Arturo.
Santiago bajó la cabeza.
Toda su vida había creído que Ricardo era un empresario exitoso que mantenía económicamente a sus padres.
Ahora descubría que buena parte de aquella imagen descansaba sobre el patrimonio de Elena.
El sábado por la noche, Patricia llamó.
—Mañana quiero que te comportes.
Van a venir personas importantes.
—Estaré ahí.
—Y si alguien pregunta por el piano, dirás que tu abuela decidió venderlo para apoyar a Valeria.
—Eso es mentira.
—No arruines mi cumpleaños por tus celos.
Santiago terminó la llamada.
Un minuto después recibió otro mensaje.
Era de Arturo.
“Encontramos al comprador del piano.
Confirmó que pagó mediante transferencia a una cuenta personal de tu padre.
Además, tenemos una copia del documento con el que Ricardo justificó la venta”.
