No exageres.
Patricia agregó, creyendo que nadie la escuchaba:
—Por lo menos sirve para algo.
Santiago guardó silencio.
No porque estuviera de acuerdo, sino porque aquella frase llevaba acompañándolo desde niño.
Durante los siguientes días, Santiago visitó a Elena cada tarde.
Le llevaba fotografías de sus alumnos, escuchaba sus historias y permanecía junto a ella hasta que las enfermeras terminaban el último recorrido.
Una tarde, Elena le apretó suavemente la mano.
—Santi, quiero que me prometas algo.
—Lo que sea, abuela.
—Mi piano será tuyo.
Ya lo dejé establecido.
No permitas que nadie te haga sentir que no lo mereces.
—No necesitas regalarme nada.
—No estoy regalándote un mueble.
Estoy confiándote una parte de mi vida.
Santiago la abrazó cuidadosamente.
Tres días después, Elena le pidió que fuera a su casa de Juriquilla por unos álbumes de fotografías.
Cuando abrió la puerta, sintió inmediatamente que algo estaba mal.
El enorme piano negro había desaparecido.
Solo quedaban las marcas de sus patas sobre el piso de madera.
Llamó a Patricia.
—Mamá, ¿dónde está el piano?
—Tu padre se encargó.
—¿De qué estás hablando?
—Son asuntos de adultos, Santiago.
La llamada terminó.
Aquella noche fue a casa de sus padres.
Ricardo ni siquiera intentó ocultarlo.
—Lo vendí.
Conseguí 1,850,000 pesos.
—¿Vendiste algo que no te pertenece?
—Mi madre ya no volverá a tocarlo.
Valeria apareció sosteniendo unas llaves.
—Gracias a ese piano voy a estrenar un Mercedes.
Mi novio Andrés dice que es perfecto para nuestras reuniones.
Santiago miró a su hermana.
—La abuela quería que ese piano fuera mío.
Valeria soltó una carcajada.
—¿Para qué? ¿Para que tus alumnos desafinen encima de él?
Patricia intervino:
—Tu hermana está construyendo un futuro con una familia importante.
Tú apenas puedes pagar tu departamento.
