La cámara del timbre grababa todo.
De pronto, mi hermana dejó de gritar. Miró hacia ambos lados de la calle, comprobó que no hubiera testigos y se dejó caer deliberadamente por los escalones de la entrada.
Después sacó su teléfono.
—¡Auxilio! —sollozó al hablar con emergencias—. ¡Mi hermana me empujó! ¡Estoy embarazada y quiso matar a mi bebé!
Me quedé helada frente al monitor.
Minutos después llegaron dos patrullas y una ambulancia.
Los policías golpearon mi puerta.
—¡Señora Mariana Hernández, abra inmediatamente! Tenemos una denuncia por agresión contra una mujer embarazada.
Miré nuevamente la grabación.
Y entonces escuché que uno de los agentes decía:
—Si las lesiones corresponden con lo que denuncia, tendremos que ponerla a disposición del Ministerio Público.
Mi hermana, desde el suelo, me observaba con una sonrisa apenas disimulada.
Estaba convencida de que finalmente había conseguido destruirme.
Pero todavía no había visto lo que mi cámara había registrado.
PARTE 3
Abrí la puerta con tranquilidad.
Dos policías me pidieron que saliera, mientras los paramédicos revisaban a Fernanda, que seguía llorando en la banqueta.
—Mi hermana no me tocó —expliqué—. De hecho, ni siquiera abrí la puerta cuando llegó. Tengo una grabación que demuestra exactamente lo sucedido.
Uno de los agentes me observó con desconfianza.
—¿Puede mostrárnosla?
Los acompañé hasta la sala y reproduje el video en la televisión.
Primero aparecía Fernanda golpeando mi puerta y amenazándome. Después se veía cómo miraba hacia la calle, se dejaba caer por los escalones y comenzaba a fingir que estaba gravemente herida.
También se escuchaba perfectamente su llamada a emergencias.
Cuando terminó la grabación, ninguno de los agentes habló durante varios segundos.
—¿Podemos obtener una copia? —preguntó finalmente el mayor.
—Por supuesto. También quiero presentar una denuncia.
Los policías salieron para hablar con Fernanda.
Ella empezó a gritar cuando comprendió que habían descubierto su mentira. Los paramédicos continuaron atendiéndola y después fue trasladada para recibir una revisión médica. Las autoridades la citaron a declarar por las posibles responsabilidades derivadas de su denuncia falsa.
Desde la entrada de mi casa la vi mirarme con odio.
No sentí satisfacción.
Sentí tristeza.
Aquella mujer había sido mi compañera de juegos durante la infancia. Yo le enseñé a andar en bicicleta y la acompañé cuando tuvo miedo de entrar a la secundaria.
Ahora estaba dispuesta a inventar una agresión para perjudicarme.
Y todo por dinero.
Pero el verdadero peligro todavía estaba por aparecer.
Dos días después, Gabriela consiguió que la financiera entregara información sobre el préstamo solicitado a nombre de Santiago.
Los documentos mostraban una firma falsificada y datos privados de su clínica. También aparecía una empresa intermediaria vinculada con mi padre.
Santiago se quedó mirando aquellas hojas.
—Trabajé diez años para levantar mi consultorio —murmuró—. Hice guardias, atendí pacientes los fines de semana y ahorré hasta el último peso. Fernanda sabía lo que significaba para mí.
Se cubrió el rostro con las manos.
—Y aun así quiso ponerlo todo en riesgo.
La financiera detuvo el desembolso mientras se investigaba la suplantación de identidad. Gabriela presentó una denuncia ante la Fiscalía de Jalisco y aportó los documentos bancarios.
Santiago también inició su proceso de divorcio y solicitó medidas para proteger a Mateo, su hijo de dos años.
Mi padre, sin embargo, parecía decidido a no detenerse.
Primero intentó impugnar el fideicomiso. Después presentó escritos afirmando que mi abuelo no estaba en condiciones mentales de decidir sobre su herencia.
Cuando Gabriela respondió con el testamento, las constancias notariales y los documentos médicos correspondientes, cambió de estrategia.
