—Hubo muchos gastos familiares, Daniel.
Entre aquellos gastos estaban los viajes, las clases de baile de Sofía y sus celebraciones.
Mi abuelo pagó directamente lo que faltaba de mis primeros semestres.
Me gradué, conseguí trabajo en una empresa agrícola y continué ayudándolo todos los fines de semana.
Mis papás casi nunca me llamaban.
Hasta que cumplí 23 años.
Una madrugada, don Julián, el encargado del rancho, me avisó que mi abuelo había sufrido una caída y estaba hospitalizado con la cadera fracturada.
Corrí al hospital.
Encontré a mi mamá hablando con un abogado.
—Tu abuelo ya no puede administrar sus propiedades —anunció—.
Tengo un poder notarial que me autoriza a tomar decisiones.
Esa misma semana descubrí trabajadores realizando mediciones en el terreno norte.
Una empresa de energía solar estaba negociando la adquisición de buena parte del rancho.
Mi mamá había firmado documentos preliminares.
Cuando la confronté, respondió:
—El rancho será vendido, Daniel.
Con ese dinero vamos a pagar los cuidados de tu abuelo y resolver asuntos familiares.
Después mencionó una casa de descanso que ella y mi papá planeaban comprar.
Dos días más tarde apareció Sofía.
Me confesó algo que nunca imaginé.
—Daniel, mamá siempre me dijo que tú preferías quedarte aquí.
Pensé que no querías viajar con nosotros.
Por primera vez entendí que mi hermana también había vivido engañada.
Aquella tarde nuestros papás llegaron al rancho acompañados de su abogado.
Mi mamá arrojó sobre la mesa un informe del Registro Público de la Propiedad.
—Explícame esto ahora mismo.
