Íbamos a la notaría, el licenciado Salcedo revisaba documentos y mi abuelo añadía otra arandela numerada a la lata roja.
Cuando cumplí 13, pregunté qué representaban aquellas piezas.
—Trabajo que nadie podrá decir que no hiciste —respondió.
A los 15, les pedí a mis papás acompañarlos por primera vez de vacaciones.
Mi mamá suspiró.
—Daniel, ya reservamos los 4 lugares.
—Pero somos 4.
—Sofía invitó a su mejor amiga.
Está pasando por un momento difícil.
Me quedé mirándola.
—¿Y yo?
—Tú tienes el rancho.
Además, tu abuelo te necesita.
Aquella noche comprendí que no se trataba de dinero ni de espacio.
Simplemente nunca habían pensado incluirme.
Mi abuelo tampoco era perfecto.
Me contó que había sido demasiado duro con mi mamá cuando ella era niña.
—La hice trabajar mucho y casi nunca le dije que estaba orgulloso de ella.
—¿Por eso odia el rancho?
—Quizá.
Pero lo que yo hice mal con ella no justifica lo que ella hace contigo.
A los 17 años, una granizada destruyó parte de la cosecha.
Trabajamos durante días para salvar lo posible.
En agosto, mi abuelo grabó la arandela número 11.
Esta vez no tenía números de parcelas.
Solo decía: CASA.
—Es la última —me explicó—.
Ya estás creciendo y pronto empezarás tu propia vida.
Ese mismo día firmamos documentos nuevos ante el licenciado Salcedo.
Mi abuelo me dijo que el abogado los conservaría hasta que fuera necesario explicármelos.
Yo seguía sin entender.
Meses después recibí una beca parcial para estudiar Ingeniería Agronómica.
Mis papás apenas reaccionaron.
Cuando pregunté por los ahorros de mi universidad, mi mamá confesó que había utilizado los 440,000 pesos que mi abuelo había enviado durante años para mis estudios.
