PARTE 1
—Mami… no dejes que papá me encierre otra vez.
Me quedé paralizada frente al pequeño ataúd blanco.
Durante dos días había repetido en mi cabeza que mi hija Sofía, de seis años, estaba muerta. Fernando, mi exmarido, me había llamado diciendo que una crisis respiratoria fulminante se la había llevado mientras dormía. No me dejaron verla en el hospital. Tampoco me entregaron el expediente completo. Cuando exigí una segunda revisión, su madre, doña Claudia, me acusó de querer convertir el funeral en “otro escándalo de divorciada resentida”.
Pero aquella voz había salido del féretro.
—Sofía… —susurré.
Los párpados de mi niña se movieron.
Levanté de golpe la tapa interior y sentí que se me iba el aire. Estaba pálida, empapada en sudor y respiraba apenas. Al tomarla de las manos descubrí algo todavía peor: sus muñecas estaban sujetas a la base del ataúd con dos correas plásticas y pequeños candados.
—Mami… tengo frío.
No lloré. No podía. El miedo se convirtió en una claridad brutal.
Tres años antes, Fernando Durán había conseguido la custodia exclusiva argumentando que mi carrera como coronel médico del Ejército me obligaba a ausentarme demasiado. Presentó testimonios, evaluaciones psicológicas y hasta declaraciones de su madre para pintarme como una mujer distante. Yo había peleado cada resolución, pero el juzgado familiar terminó dándole la razón.
Después comenzaron las excusas.
Que Sofía estaba enferma. Que no quería verme. Que la terapeuta recomendaba “distancia”. Natalia, la nueva pareja de Fernando, contestaba mis llamadas como si ella fuera la madre.
Dos días antes del funeral, Fernando me informó de la muerte y organizó la cremación con una rapidez que me pareció enfermiza.
Ahora entendía por qué.
Revisé el vestido blanco de Sofía y vi varios puntitos rojos en su brazo. Inyecciones recientes.
—¿Quién te hizo esto?
—Papá decía que era medicina para dormir… la abuela me agarraba… Natalia cerraba la puerta.
Busqué desesperada bajo el cojín del féretro y encontré una pequeña llave pegada con cinta. Liberé sus manos y la abracé.
Entonces escuché pasos en el pasillo de la funeraria.
—¿Valeria? —gritó Fernando—. ¿Qué estás haciendo ahí?
Cargué a Sofía y entré al cuarto de preparación contiguo. Cerré con seguro y marqué al 911 desde un teléfono fijo.
—Mi hija fue declarada muerta hace cuarenta y ocho horas. Está viva. Fue sedada y amarrada dentro de su ataúd. Necesito una ambulancia y una patrulla en la funeraria San Gabriel, en Naucalpan.
Del otro lado de la puerta, Fernando comenzó a golpear.
—¡Abre ahora mismo!
Doña Claudia gritó algo que hizo que la operadora también guardara silencio:
—¡Nadie tenía que abrir el ataúd antes de la cremación!
Sofía se aferró a mi uniforme.
—Mami… papá dijo que si yo dormía mucho tiempo, él ya no tendría que devolver el dinero del abuelo.
Sentí un vacío helado en el estómago.
Mi padre había creado un fideicomiso para Sofía. Una fortuna protegida para sus estudios y su futuro.
Y Fernando era, en ese momento, su tutor legal.
Las sirenas comenzaron a escucharse afuera.
Yo creía que acababa de descubrir el peor secreto de mi exmarido.
Todavía no sabía que, en cuestión de horas, la policía encontraría algo en su casa que convertiría aquel intento de asesinato en una pesadilla mucho más grande.
PARTE 2
