Parte 1
El cirujano que me salvó la vida llevaba una pequeña cruz de plata debajo de la bata.
Cuando se inclinó para revisar mi herida, reconocí la diminuta marca en uno de sus brazos y sentí que el corazón se me detenía.
—¿De dónde sacó esa cruz? —pregunté, temblando.
El médico, de unos 31 años, la sujetó instintivamente.
—Me la dio mi padre. ¿Por qué?
—Porque hace 31 años la escondí en la cobija de mi hijo recién nacido.
Y nunca volví a verlo.
Su expresión cambió.
Cerró mi expediente, acercó una silla y me hizo una pregunta que jamás imaginé escuchar.
—Señora Elena, ¿alguna vez le explicaron qué ocurrió realmente con su bebé?
Todo había comenzado en Puebla, cuando yo tenía 18 años.
Era 1995.
Acababa de terminar la preparatoria y estaba embarazada de mi novio, Daniel Herrera, un joven de 19 años que trabajaba con su padre en un taller mecánico.
Cuando mis padres se enteraron, mi mamá rompió a llorar.
Mi papá golpeó la mesa.
—Dime quién te hizo esto.
Voy a ir a buscarlo.
Me negué.
Mi padre conocía a la familia de Daniel y llevaba años despreciándola porque, según él, no estaba a nuestra altura.
Daniel, en cambio, estaba dispuesto a hacerse responsable.
—Voy a trabajar doble turno, Elena.
Rentaremos algo pequeño, pero nuestro hijo tendrá una casa.
Durante semanas imaginamos aquella vida.
Hasta que un martes fui a buscarlo y encontré su casa vacía.
Un vecino me explicó que su familia se había mudado apresuradamente a Querétaro.
Daniel no se había despedido de nadie.
Su número telefónico estaba desconectado.
Lloré durante días.
Pensé que había huido al descubrir lo difícil que sería mantener a un bebé.
Entonces mis padres comenzaron a cambiar.
Mi mamá me acompañaba a las consultas prenatales.
Mi papá llegó a comprar una cuna de madera.
—Nos equivocamos contigo —me dijo una noche—.
Puedes quedarte aquí.
Te ayudaremos a criar a nuestro nieto.
Me aferré a aquella promesa.
Conseguí trabajo de medio tiempo en una panadería y compré ropa diminuta con mis primeros ahorros.
También tejí un par de zapatitos azules.
A mi hijo lo llamaría Fabián.
