Pero antes de cerrar la lata vi algo que me dejó todavía más confundido: debajo del número estaba grabada una pequeña letra que coincidía con una marca en el mapa de los terrenos del rancho.
Y cuando le pregunté qué significaba, mi abuelo respondió:
—Algún día, cuando tu madre venga a reclamar lo que cree suyo, vas a necesitar esa lata.
Parte 2: Mi mamá regresó por mí con recuerdos de Cancún y fotografías de Sofía nadando con delfines.
No me trajo nada.
Tampoco preguntó qué había aprendido.
Escondí la lata roja debajo del asiento y no dije una palabra.
Al año siguiente ocurrió lo mismo.
Después también.
Cada verano, mis papás se iban de vacaciones con Sofía y me dejaban en el rancho.
Conocí Cancún, Puerto Vallarta, Los Cabos y hasta París únicamente por las fotografías que aparecían en el refrigerador.
A los 11 años descubrí que habían celebrado el cumpleaños de Sofía en un hotel frente al mar.
Habían invitado a mis primos, mis tíos y a una amiga suya.
Yo ni siquiera sabía que estaban organizando una fiesta.
Esa noche mi abuelo me encontró mirando las fotografías.
—¿Te duele?
Asentí.
—Entonces no voy a decirte que no debería dolerte.
Me preparó chocolate caliente y se quedó conmigo.
Con los años aprendí a reparar bombas de agua, conducir el tractor y reconocer cuándo un animal estaba enfermo.
Cada agosto repetíamos el mismo ritual.
