Conocía a Claudia desde hacía 5 años.
Habíamos organizado eventos benéficos juntas.
Le había confiado las llaves de mi casa, mis problemas matrimoniales y hasta las contraseñas que utilizaba para llevar la contabilidad doméstica.
No quería creerlo.
Por eso fui a buscarla.
Cuando llegué a su domicilio, reconocí inmediatamente el automóvil negro estacionado frente al garaje.
Era el de Rodrigo.
Toqué el timbre.
Claudia abrió usando una sudadera que yo le había regalado a mi esposo.
Y entonces vi su vientre.
Estaba embarazada.
—¿De cuánto tiempo? —pregunté.
—5 meses —respondió, sin apartar la mirada.
Detrás apareció Rodrigo.
Se colocó junto a ella y le sostuvo la cintura.
En 8 años jamás había visto que me defendiera con aquella determinación.
—No deberías estar aquí, Mariana —dijo.
Lo miré.
—Tranquilo.
No vine a pedirte que regreses.
Después observé a Claudia.
—Vine a preguntarte por qué declaraste que me viste firmar un convenio mientras yo estaba acompañando a mi madre moribunda.
Su expresión cambió.
Rodrigo dio un paso adelante.
—Eso debes hablarlo con nuestros abogados.
—Lo hablaré con la autoridad competente.
Claudia apretó los labios.
—Tú siempre creíste que eras mejor que todos.
—No, Claudia.
Creí que eras mi amiga.
Ninguno respondió.
Regresé al automóvil sin llorar.
Las lágrimas llegaron una hora después, cuando me quedé sola en el departamento.
Lloré por mi matrimonio, por mi madre y por la amistad que acababa de descubrir que nunca había sido verdadera.
Pero al día siguiente llegó otro golpe.
Rodrigo presentó una promoción solicitando que el juzgado desconfiara de mis declaraciones.
Adjuntaron una parte de la antigua investigación militar.
Solo incluyeron la acusación.
Omitieron la resolución que me exoneraba.
Además, Beatriz difundió entre sus amistades que yo había sido expulsada del Ejército por fabricar pruebas.
Aquello dejó de ser solamente una disputa patrimonial.
Estaban construyendo una historia para hacerme parecer una estafadora.
