Mi secretaria me convenció de que mi esposa me engañaba, así que la dejé y empecé una nueva vida con ella. Cinco años después, mi ex entró en mi hotel con dos gemelos que parecían hijos míos. “¡No permitas que te manipule!”, gritó mi pareja delante de los empleados. Yo solo pedí hablar en privado. Entonces mi ex sacó una vieja tarjeta del hotel y me reveló por qué había regresado precisamente ese día…
—¡Porque Arturo me amenazó con denunciarme por las transferencias que había autorizado! Después… después empecé a sentir cosas por ti.
Rodrigo la miró con profundo desprecio.
—¿Y por eso escondiste que iba a ser padre?
Daniela bajó la cabeza.
—Cuando llegó aquella carta, la abrí con vapor para revisar su contenido. Vi la ecografía. Sabía que eran gemelos.
Rodrigo tuvo que apoyarse en la mesa.
—Entonces lo sabías.
—Sí.
—¿Durante cinco años me viste hablar de tener hijos algún día, sabiendo que ya tenía dos?
Daniela comenzó a temblar.
—Tenía miedo de perderte.
Rodrigo retrocedió.
—No me querías, Daniela. Querías conservar la vida que habías conseguido quitándole la suya a otra mujer.
Ella no pudo responder.
Finalmente confesó algo más.
Había sido ella quien envió el paquete anónimo a Valeria. Había descubierto que Arturo preparaba la destrucción definitiva de los archivos y quiso obligar a Rodrigo a enfrentar la verdad. Pensó que, en un hotel lleno de personas, los niños estarían seguros.
—Fue una estupidez —admitió—. Nunca imaginé que Arturo se atrevería a llevárselos.
—Tus intenciones ya no bastan. Ahora tienes que ayudarnos a encontrarlos.
Daniela levantó la mirada.
—Conozco un pasillo que conduce al salón antiguo. Arturo lo utiliza para entrar sin aparecer en las cámaras.
Bajaron por una escalera de mantenimiento.
Al fondo había una puerta metálica que comunicaba con la antigua oficina del padre de Rodrigo.
Ernesto Salazar había iniciado la construcción del hotel, pero murió pocos meses antes de verlo inaugurado.
Arturo era su socio de confianza.
También había sido quien organizó su funeral y sostuvo a Rodrigo cuando quedó destrozado por la pérdida.
Daniela abrió la puerta con una llave que Arturo le había entregado años atrás.
Dentro todavía permanecían algunos muebles viejos, una fotografía de Ernesto y una caja fuerte empotrada.
—Arturo nunca pudo abrirla —explicó Daniela—. Su padre guardaba aquí los documentos personales.
Rodrigo recordó que Ernesto utilizaba como combinación cinco números correspondientes a su fecha de nacimiento y una cifra especial que solo ambos conocían.
Probó.
La cerradura se abrió.
Dentro había una grabación antigua, varios estados de cuenta y una carta dirigida a él.
Reconoció inmediatamente la letra de su padre.
«Hijo, si estás leyendo esto, probablemente ya sea demasiado tarde para advertirte personalmente».
Rodrigo sintió que el pecho se le cerraba.
«Arturo ha estado robando de nuestras empresas. Lo descubrí hace tres meses. Me suplicó otra oportunidad y acepté porque conozco a su familia desde hace muchos años».
«Pero volvió a hacerlo. Preparé estos documentos para entregarlos a las autoridades si no devuelve el dinero. No quiero que confundas mi afecto por él con una garantía de que es una persona honrada».
Rodrigo tuvo que detenerse.
La última línea estaba subrayada.
«Nunca tengas miedo de comprobar la verdad, hijo. El amor verdadero soporta las preguntas. La mentira necesita que nadie las haga».
—Es exactamente lo que Valeria me pidió hace cinco años —susurró Rodrigo.
Daniela examinó los estados de cuenta.
Las primeras transferencias fraudulentas eran anteriores a la muerte de Ernesto.
Y la grabación contenía una conversación en la que Arturo reconocía haber utilizado dinero de la empresa para negocios personales.