Tengo 81 años y estaba comiendo sola en el comedor del Ejército cuando un joven sargento me humilló delante de 200 soldados: “¿Qué rango tenía usted en la Edad de Piedra?”. Después intentó arrancarme la vieja insignia de latón del abrigo. Yo no discutí; solo señalé la placa detrás de él y dije: “Lea mi nombre”. Cuando terminó de leerla, descubrió por qué su padre había logrado regresar vivo a casa.
—A ver, abuelita, ¿qué rango tenías cuando todavía peleaban con piedras?
El sargento soltó una carcajada y sus 2 compañeros lo imitaron. Yo seguí comiendo mi pozole, sentada sola en el comedor de una instalación militar en la Ciudad de México.
Tenía 81 años, el cabello completamente blanco y un abrigo gris que había comprado hacía más de 20 años.
—Le estoy hablando, señora. ¿Está sorda?
Levanté la mirada.
El hombre que tenía enfrente parecía de unos 30 años. Era alto, musculoso y llevaba el uniforme perfectamente planchado. En su pecho podía leer su apellido: Salgado.
—¿Quién la dejó entrar? —preguntó—. Esto no es un comedor comunitario para que venga a pedir comida gratis.
A nuestro alrededor había más de 100 militares. Las conversaciones comenzaron a apagarse.
Mi nombre es Elena Valdés. Durante 32 años fui enfermera en una escuela pública de Puebla. Mi esposo, Arturo, murió hace 17 años y mis 2 hijas viven lejos.
Pero antes de trabajar en aquella escuela, tuve otra vida que casi nadie conocía.
Una vida que había intentado dejar atrás.
—Muéstreme su identificación —ordenó Salgado, chasqueando los dedos frente a mi cara.
Tenía un pase de visitante autorizado dentro de mi bolso. Me lo habían entregado aquella mañana porque estaba invitada a una reunión con el comandante de la unidad.
Sin embargo, no pensaba obedecer una orden acompañada de semejante humillación.
—Puede llamar al personal de seguridad para que revise mi pase —respondí tranquilamente.
Su expresión cambió.
—No se ponga difícil conmigo, señora.
Uno de sus compañeros soltó una risita.
—Mi sargento, capaz que se escapó de un asilo.
Me quedé inmóvil.
La joven soldado sentada en la mesa contigua levantó la cabeza. Parecía querer intervenir, pero al ver las insignias del sargento volvió a bajar los ojos.
—Levántese —ordenó Salgado—. La voy a sacar personalmente.