Mi secretaria me convenció de que mi esposa me engañaba, así que la dejé y empecé una nueva vida con ella. Cinco años después, mi ex entró en mi hotel con dos gemelos que parecían hijos míos. “¡No permitas que te manipule!”, gritó mi pareja delante de los empleados. Yo solo pedí hablar en privado. Entonces mi ex sacó una vieja tarjeta del hotel y me reveló por qué había regresado precisamente ese día…
Rodrigo recordó entonces los últimos días de Ernesto.
Había sufrido fuertes dolores de cabeza y fallecido inesperadamente. Arturo fue quien insistió en que se trataba de un problema de salud que nadie había podido prever.
No tenía pruebas para acusarlo de otra cosa.
Pero empezaba a sospechar que la traición era mucho más antigua.
De pronto escucharon voces al otro lado de una rejilla de ventilación.
—Entrégame la memoria, Valeria.
Era Arturo.
—Primero deja salir a mis hijos.
Rodrigo encontró una puerta estrecha detrás de un archivero.
El pasadizo conducía al salón donde estaban los niños.
Avanzó agachado, con Daniela detrás.
A través de una abertura vio a Mateo y Nicolás sentados juntos sobre unas sillas. Ambos estaban asustados, pero ilesos.
Valeria permanecía frente a Arturo con la memoria en la mano.
Sergio vigilaba junto a la salida.
—Ahora sé que fuiste tú quien robó a mi suegro —dijo Valeria.
Arturo sonrió.
—Ernesto tuvo demasiada confianza en mí. Quiso perdonarme y después se arrepintió.
—¿Y por eso murió?
Arturo guardó silencio unos segundos.
—Tu suegro descubrió cosas que nunca debió descubrir. Cuando decidió denunciarme, tuve que impedirlo.
Rodrigo sintió que la sangre le abandonaba el rostro.
—¿Qué hiciste con él? —preguntó Valeria.
—Digamos que su tratamiento médico dejó de protegerlo como debía.
La confesión lo paralizó.
Aquel hombre había acompañado a su padre durante años.
Había cargado su ataúd.
Había abrazado a Rodrigo junto a su tumba.
Y posiblemente había provocado su muerte.
Rodrigo activó la grabación de su celular y envió su ubicación a Isabel.
Después empujó la puerta.
—¡Arturo!
Todos voltearon.
Rodrigo avanzó lentamente con las manos visibles.
—Déjalos ir. El problema es conmigo.
Arturo soltó una carcajada.
—Siempre llegas tarde, hermano. Llegaste tarde para salvar tu matrimonio, tarde para conocer a tus hijos y tarde para descubrir quién era realmente tu mejor amigo.
—Tienes razón —contestó Rodrigo—. Pero todavía estoy a tiempo de impedir que sigas haciendo daño.
Arturo extendió la mano hacia Valeria.
—Dame la memoria.
Ella permaneció firme.
—Suéltalos primero.
Sergio llevó una mano hacia su cinturón, donde guardaba el arma reglamentaria de seguridad.
Rodrigo no se movió.
—Sergio, tú también tienes familia. No conviertas un fraude en algo todavía peor.
El hombre vaciló.
Entonces Nicolás, que había permanecido en silencio, levantó la cara.
—Señor… ¿podemos irnos con nuestra mamá? Mi hermanito tiene miedo.